Publicado el

En Colliure, un 22 de febrero

Me imagino que habríamos encontrado otras respuestas y otros versos; pero nuestra vida hubiera tenido muchas menos certezas sin la presencia de algunos poetas. Cada mañana nuestro corazón también espera, mirando hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera, y querríamos anotar en nuestra cartera la gracia de alguna rama verdecida. Lo escribía Antonio Machado, un poeta que hablaba solo porque quería hablarle a Dios un día, el que le rogaba a su amigo Palacio que subiera al alto Espino, aquel que nos enseñó a no confundir el valor con el precio, el que nunca persiguió la gloria, el que Alfonso retrató en un café de Madrid mirando hacia la nada de sí mismo. Él decía que la poesía era la palabra en el tiempo, no nos queda mucho más, y quien lee poemas está alargando su propia sombra, o por lo menos la sombra que a veces ni siquiera sabe que lleva dentro.
A los diecisiete años nos emocionan casi todos los poetas. Ya luego, con el paso del tiempo, y a medida que regresas a cada uno de ellos, vas encontrando que uno es redicho, el otro cursi, demasiado hiperestésico o tendenciosamente proselitista, e incluso muchos de ellos acaban siendo ridículos. Aparecen poetas nuevos o redescubres los versos de muchos a los que entonces desdeñábamos por no tener ni ausencias ni cicatrices del alma para llegar a entenderlos. Se salvaron pocos, y Antonio fue uno de ellos. Siempre que vuelvo, y vuelvo siempre que puedo, me encuentro un poeta cada día más grande, más sabio y más necesario para entender lo poco que nos dejan que sigamos entendiendo. Me vienen a la memoria sobre la marcha mis profesoras del instituto, sobre todo María Teresa Ojeda y María Teresa Arias. Subíamos a una sala en la última planta del instituto de Guía y allí recitábamos a Machado o escuchábamos las versiones de Serrat que luego acabaron siendo algo más que himnos para nuestros corazones tan necesitados entonces de inmediatas respuestas. Cuando ahora me toca acudir a algún centro de enseñanza para hablar de Literatura siempre termino citando los últimos versos de Antonio Machado. Y lo hago para intentar explicarles a los alumnos lo que para mí es la poesía. Les digo que todos ellos podían haber utilizado cualquiera de las palabras que el poeta deja escritas en el bolsillo de su gabán (agradezco a Emilio González Déniz la aclaración exacta del detalle) cuando sabe que ya le quedan escasos minutos en este planeta. Podría haber escrito en francés o en griego, o haber dejado versos con palabras rebuscadas. Pero ese poeta se había ido desprendiendo a lo largo de su vida de todo lo que era huero e innecesario para llegar adonde uno quisiera siempre que llegaran todos los poemas. Transcribo aquellos últimos versos: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Otro poeta, Rilke, dejó escrito que en la infancia se vive y que luego solo andamos sobreviviendo como buenamente podemos. Antonio volvió a aquel patio de Sevilla y al huerto claro en el que maduraba el limonero. Los poetas solo sueñan con volver a tener ojos de niño para mirar el mundo cada día como mismo mirábamos todos los juguetes nuevos. Lo escribió en Colliure, un 22 de febrero.
(Artículo publicado ayer en el Pleamar de Canarias 7)

Publicado el

Incongruencias

No todo es como debería ser. Recuerdo un hotel de lujo recién inaugurado con un personal maleducado e incapaz de cumplir con las expectativas que esperaban sus clientes. Al poco tiempo fui a otro hotel, mucho más económico y en una ciudad no tan atractiva, y encontré al personal que le correspondía al primero: eran amables, discretos y atentos. Los primeros te negaban cualquier petición, y los segundos se desvivían por buscar lo que era casi imposible. Muchas veces sucede lo mismo en las ciudades. Los monumentos, las perspectivas o los hermosos parques tienen poco que ver con las miradas torvas de la gente o con su frialdad, cuando no su desprecio, si preguntas por un museo o por cualquier calle. Sin embargo en otras ciudades sin tanto patrimonio histórico o artístico te tropiezas, como en esos hoteles de los que hablaba, a gente que detiene sus pasos y te acompaña hasta el lugar que estás buscando. También con las personas sucede algo parecido: hay cuerpos bellos con espíritus canallas y auténticos ángeles en cuerpos que requieren mucho más que una mirada.

Publicado el

El indiano

Todos le mentían. Él preguntaba por aquella mujer de la que se había enamorado a los quince años. La dejó para marcharse a México a buscar fortuna. No quiso acompañarlo y al cabo de dos años dejó de escribirle. Él ganó mucho dinero, se casó, tuvo tres hijos y cinco nietos. Desde que enviudó no hace más que preguntar por ella a todas horas. Siempre llega alguien nuevo de la isla, y son muchos los que vienen del pueblo en el que él paseaba con aquella mujer improvisando sueños hasta que subió a aquel barco pensando que regresaría en unos meses a buscarla. Sabe que ella también enviudó hace unos años y que no tuvo hijos. Está todo el rato programando su vuelta. No hace más que imaginar el reencuentro con la única mujer que realmente ha amado. Ninguno de nosotros se atreve a decirle que falleció el primer día de este año. Lo único que intentamos es que no regrese. Un amigo médico le ha diagnosticado una enfermedad inventada para que no pueda alejarse más de dos días de su casa. Ahora anda diciendo a todas horas que le da lo mismo morir si puede volver a ver los ojos de aquella mujer que le despidió hace sesenta años en el muelle de Las Palmas de Gran Canaria. Siempre te enseña su foto sin saber que las imágenes que uno guarda jamás se vuelven a encontrar en ninguna parte. En las fiestas de la embajada se termina emborrachando tristemente entre las autoridades y los petimetres que solo buscan su dinero. Se fue para hacerse rico. Cada cual elige casi siempre lo que quiere.