La fuerza de la delicadeza

Para entender Platero y yo hay que entender primero a Juan Ramón Jiménez. Y la literatura española contemporánea, sobre todo la poesía, no se entendería nunca sin los caminos que fue abriendo el poeta nacido en Moguer. Como casi siempre, todos quisieron matar al maestro que les había tendido la mano. Muchos poetas de la Generación del 27 fueron ingratos con quien les dio el espaldarazo y les orientó con las primeras lecturas y los primeros versos. JRJ es un grande, una de esas biografías que solo admiten caracteres en mayúsculas, y su grandeza no hace más que crecer con el paso del tiempo.
Platero y yo forma parte de los falsos mitos juanramonianos. Muchos lo dejaron cuando no lo entendían y todos recordamos las primeras frases que repetimos hasta la saciedad en el colegio. Luego había un señor con barba, siempre serio, que salía en la foto al lado de aquel texto. No cuadraba que alguien con gesto adusto y pinta de malhumorado escribiera aquello que nos parecía tan sencillo y tan tierno sin saber todavía que solo lo sencillo es bello. Hasta ese momento los burros eran animales que solo se nombraban en el colegio para ridiculizar a los menos inteligentes o para relacionarlos con la cabezonería, con lo cerril o con lo obtuso. Nunca nadie nos había contado que un burro podía ser bello y, mucho menos, que nos podíamos encariñar de ellos como empezábamos a encariñarnos con los primeros perros. Pero aquel señor de gesto adusto nos enseñó desde entonces lo poco fiable que son siempre las apariencias, y también, sin que casi nos diéramos cuenta, nos ayudó a entender que el lenguaje es al final el que determina cualquiera de nuestros sentimientos.
Volví a ese libro hace unos años con el miedo de encontrarlo cursi o demasiado pueril y salí de él con el mismo asombro que se sale de cualquier texto escrito por Juan Ramón Jiménez. No solo hallas una prosa poética que te lleva casi en volandas saltando renglones sin darte cuenta. En Platero se plantea una forma de entender la vida y nuestra relación con el alma de los animales y con la naturaleza. Y ese planteamiento se plasma en un país que entonces veía al animal como una bestia a la que maltratar. Esa sensibilidad de JRJ quizá ha conseguido que muchos niños empezaran a mirar de manera diferente a esos otros seres vivos con los que compartimos espacio y tiempo. Vuelvan a Platero sin ese miedo que tenemos siempre a los regresos. Había mucho más, y solo lo podremos encontrar si nos acercamos nuevamente a esos libros, si volvemos a rastrear con una mirada nueva El Quijote, La Celestina o El Buscón de Quevedo. Lo que leímos entonces solo eran aproximaciones para que algún día volviéramos. No hay mensaje más convincente que el de la belleza. Y JRJ no hizo otra cosa en su vida que buscarla detrás de cada una de las palabras que fue escribiendo. Él decía siempre que aspiraba a volver delicados a los hombres para que fueran mucho más fuertes. Los niños de entonces le debemos buena parte de nuestra delicadeza. Y no hizo falta que gritara para que le oyéramos.
Artículo publicado ayer en el suplemento Pleamar de Canarias 7

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