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Caídos del Suelo

Hace unos meses recibí un mensaje de alguien que se llamaba Mario Rojas. Me invitaba a leer su blog. Cuando estoy en el mundo virtual no hago preguntas, solo leo lo que escriben las personas o los personajes que andan en medio de esa Babel borgiana que es Internet. Leí el blog de Mario y lo recomendé sobre la marcha. Recuerdo que decía algo así como que la literatura ya no se escribe solo en los libros. Varios amigos me preguntaron que por qué veía que lo de Mario Rojas era buena literatura, de esa que te reconcilia de vez en cuando con la palabra y que, al mismo tiempo, te ayuda a creer que no todo está perdido. Les contesté que con solo leer un párrafo suelo darme cuenta de la valía de quien escribe. Me miraron como si fuera un loco visionario o como si hubiera empezado a perder el tino. Sé lo que me decía. Hay un ritmo, un tono o una forma de ordenar las palabras que delata sobre la marcha a quien escribe. Incluso la puntuación se convierte en un espejo en el que cada cual acaba reflejando lo que a veces ni siquiera sabe que lleva consigo. Y detrás de todo eso, de la técnica, de las comas, del vocabulario o del argumento hay algo que te hace o no te hace llegar a los lectores. En Mario Rojas había emoción en cada uno de sus trazos. Esa sensación es la que al final nos lleva a acercarnos o a alejarnos de algunos libros, de algunas melodías o de algunos cuadros. Es un misterio, pero para llegar a él hay que estar muchos años apostando por un sueño que no todos consiguen mantener a salvo. Luego, mucho más adelante, supe que detrás de Mario Rojas estaba Ramón Betancor.
Ramón es periodista. Y no le he preguntado, pero supongo que lo es porque no le queda más remedio que intentar vivir lo más cerca que pueda de las palabras y de las historias que acontecen cada día en la calle. Caídos del suelo es una novela que recoge ese pálpito de las calles y de las vidas que caminan por ellas. De entrada es capaz de marcar el tiempo en esos intervalos que otros también tenemos siempre presentes cuando recordamos. Al mirar atrás siempre me desoriento, y para no extraviarme por completo recuerdo algún Mundial de fútbol, los años de unas Olimpiadas o algunos de mis viajes. La novela nos ayuda con todas esas referencias a que nos situemos en el lugar que quiere el escritor sobre la marcha. Hay muchos viajes, muchos recorridos minuciosos, sentimentales y cotidianos por ciudades que aunque no conozcamos somos capaces de transitar a medida que pasamos las páginas. Madrid, Barcelona, La Habana, Buenos Aires, Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de La Palma…. Conozco algunas de ellas, y les aseguro que Ramón logra plasmarlas de una manera prodigiosa, palpitante y tremendamente cercana. Solo puede hacer eso alguien que caminó o soñó con ellas mucho tiempo antes de comenzar a relatarlas. Y para mirar de esa manera es imprescindible haber leído mucho. También para poner las comas en su sitio y para ser capaz de armar una historia tan entretenida, profunda y sorprendente como esta.
En Caídos del suelo está la amistad y la búsqueda del éxito literario. Ramón juega irónicamente o, quién sabe si certeramente, con las mafias que mueven a veces todo el mundillo de la literatura y sus consecuencias. No voy a desvelar mucho más de la novela; pero sí quisiera pedirles que la leyeran como mismo salen un día a la calle, sin esperar nada, dispuestos a dejarse sorprender en cada párrafo, y con el silencio y la tranquilidad necesaria que requiere todo aquello que aspira a rozar los lindes de nuestra alma. Ese silencio también es necesario para que escuchen toda la música que ha sido capaz de meter Ramón en estas páginas. Se irán encontrando melodías y canciones sin las que no sería posible terminar de recrear a Mario Rojas, a Lucía, a Jotas, a Loreto o a cualquiera de los muchos personajes que van apareciendo por el libro. Es una novela coral y trepidante en donde se manejan con auténtica maestría los diálogos. No hay escritor que no quede mal parado si no sabe dar con la soltura y la credibilidad que requiere un buen diálogo. Ramón no para de hacer hablar a sus personajes, y además consigue que cada uno de ellos se presente a partir de su habla, manejando magistralmente los distintos registros, acentos o jergas de sus lugares de procedencia o de los años que está narrando.
También es un libro para ir subrayando todo el rato. Hay frases que uno relee un par de veces cuando se tropieza con ellas, retazos de poesía, aforismos que espabilan los sentidos y reflexiones que te ayudan a seguir creyendo cada día más en la bendita ficción que tantas veces nos salva.
Este texto fue leído anoche durante la presentación de la novela de Ramón Betancor en �?mbito Cultural de Las Palmas de Gran Canaria

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La fuerza de la delicadeza

Para entender Platero y yo hay que entender primero a Juan Ramón Jiménez. Y la literatura española contemporánea, sobre todo la poesía, no se entendería nunca sin los caminos que fue abriendo el poeta nacido en Moguer. Como casi siempre, todos quisieron matar al maestro que les había tendido la mano. Muchos poetas de la Generación del 27 fueron ingratos con quien les dio el espaldarazo y les orientó con las primeras lecturas y los primeros versos. JRJ es un grande, una de esas biografías que solo admiten caracteres en mayúsculas, y su grandeza no hace más que crecer con el paso del tiempo.
Platero y yo forma parte de los falsos mitos juanramonianos. Muchos lo dejaron cuando no lo entendían y todos recordamos las primeras frases que repetimos hasta la saciedad en el colegio. Luego había un señor con barba, siempre serio, que salía en la foto al lado de aquel texto. No cuadraba que alguien con gesto adusto y pinta de malhumorado escribiera aquello que nos parecía tan sencillo y tan tierno sin saber todavía que solo lo sencillo es bello. Hasta ese momento los burros eran animales que solo se nombraban en el colegio para ridiculizar a los menos inteligentes o para relacionarlos con la cabezonería, con lo cerril o con lo obtuso. Nunca nadie nos había contado que un burro podía ser bello y, mucho menos, que nos podíamos encariñar de ellos como empezábamos a encariñarnos con los primeros perros. Pero aquel señor de gesto adusto nos enseñó desde entonces lo poco fiable que son siempre las apariencias, y también, sin que casi nos diéramos cuenta, nos ayudó a entender que el lenguaje es al final el que determina cualquiera de nuestros sentimientos.
Volví a ese libro hace unos años con el miedo de encontrarlo cursi o demasiado pueril y salí de él con el mismo asombro que se sale de cualquier texto escrito por Juan Ramón Jiménez. No solo hallas una prosa poética que te lleva casi en volandas saltando renglones sin darte cuenta. En Platero se plantea una forma de entender la vida y nuestra relación con el alma de los animales y con la naturaleza. Y ese planteamiento se plasma en un país que entonces veía al animal como una bestia a la que maltratar. Esa sensibilidad de JRJ quizá ha conseguido que muchos niños empezaran a mirar de manera diferente a esos otros seres vivos con los que compartimos espacio y tiempo. Vuelvan a Platero sin ese miedo que tenemos siempre a los regresos. Había mucho más, y solo lo podremos encontrar si nos acercamos nuevamente a esos libros, si volvemos a rastrear con una mirada nueva El Quijote, La Celestina o El Buscón de Quevedo. Lo que leímos entonces solo eran aproximaciones para que algún día volviéramos. No hay mensaje más convincente que el de la belleza. Y JRJ no hizo otra cosa en su vida que buscarla detrás de cada una de las palabras que fue escribiendo. Él decía siempre que aspiraba a volver delicados a los hombres para que fueran mucho más fuertes. Los niños de entonces le debemos buena parte de nuestra delicadeza. Y no hizo falta que gritara para que le oyéramos.
Artículo publicado ayer en el suplemento Pleamar de Canarias 7

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Stavros y Erikson

Nadie sabe lo que pasó. Los que hablaban no hacían más que inventar o especular porque no habían aprendido a aceptar que hay sucesos que jamás podrán entenderse. Los dos habían aparecido muertos, abrazados; pero con un rictus de miedo en sus caras, como si el abrazo se hubiera forzado posteriormente para despistar a los investigadores. Los dos estaban casados y nadie sabía que fueran amigos. Uno había salido esa mañana de su casa camino del trabajo y el otro había llevado a los niños al colegio. Ninguno de los dos llegó a su oficina. Aquel hotelucho situado en una de las zonas más peligrosas de la ciudad se había llenado de policías y de periodistas. Esa noche, el más joven de los dos iba a volar a París con su esposa. Era un viaje que llevaban demorando desde hacía muchos meses. El otro le había prometido a su hijo mayor que verían juntos el partido entre los NY Nicks y los Lakers en el Madison Square Garden. Los dos estaban desnudos, sin rastro de violencia en sus cuerpos, en una habitación en la que solo había una lámina amarillenta y desgastada de Hopper. Nadie sabía cómo habían llegado a ese cuarto, ni por qué habían aparecido muertos. Ni siquiera el tipo borracho que hacía las veces de recepcionista les había entregado la llave para que subieran. Yo comenzaba a trabajar entonces en un pequeño periódico que aspiraba a contar la realidad sin tintes amarillentos. Un colega me dijo que no duraríamos mucho si no aprendíamos a jugar con el morbo y con la literatura de los hechos. Dejé el periodismo hace años; pero sí recuerdo que no hubo nadie que diera una explicación coherente de la muerte de aquellos dos hombres que habían aparecido desnudos en una cama sin hacer de un hotelucho decrépito. Se llamaban Michael Stavros y Richard Erikson. Jamás se ha vuelto a escribir nada de ellos.