Jefferson

El hombre de la grúa se llamaba Jefferson. Lo supe cuando ya estaba en el suelo. En Guía nunca hubo nadie que se llamara Jefferson. Le pregunté al cronista y me dijo que, a no ser que fuera alguien de paso, cualquiera de esos miles de turistas que llevan décadas caminando por las calles del casco antiguo, no había visto nunca ese nombre en el padrón municipal. Jefferson era rubio. García Márquez hubiera escrito que era el muerto más hermoso del mundo. También era colombiano. Lo habían contratado para adecentar la fachada de la iglesia. Era su nombre de pila, pero no había nadie que nos explicara por qué sus padres o sus abuelos habían elegido justamente ese nombre tan norteamericano. Se apellidaba Vargas Rodríguez. Su familia estaba lejos. No debía tener más de treinta años. El operario que manejaba la grúa desde abajo comentaba que Jefferson se había alongado demasiado. Cualquiera se hubiera dado cuenta de que mentía; pero nadie le miraba a los ojos mientras hablaba. A Jefferson lo cubrieron con una sábana antes de que llegara el juez a ordenar el levantamiento del cadáver. La mujer del operario que manejaba los mandos sabía que tarde o temprano lo acabaría matando. Ella había sentido una extraña punzada en el pecho en el mismo momento en que el cráneo de Jefferson se golpeaba contra la escalinata que está justo enfrente de la Plaza Grande.

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