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Lugares pequeños

-Esas cosas suceden siempre en lugares pequeños.
-¿Qué cosas?
– Las mezquindades, las puñaladas traperas, las envidias…
– ¿Y por qué crees que sucede eso?
-Deberías preguntárselo a los que no hacen más que incordiar e intentar destruir lo que otros crean.
-Pues muchos idealizan esos sitios…
-Los que no están dentro. Casi todos los que valen se tienen que terminar yendo.
-Pero me imagino que no siempre ganarán esos gamberros.
-Nunca ganan. Un resentido siempre estará derrotado antes de mover cualquiera de sus piezas.
-¿Y por qué no te marchas lejos?
-Porque te tengo a ti y porque supongo que sigo siendo un sentimental que aún confía en la justicia poética.
-Todos se marchan.
-Por eso no hacemos más que dar vueltas dejándonos gobernar por los más ineptos.
-Yo ya asumo que tendré que vivir lejos.
-Y yo que te acabarás marchando, aunque me fastidiaría que no lo hicieras porque quieres.
-Todo puede cambiar.
-Se siguen atrincherando en todas partes y se protegen entre ellos, es casi imposible que cambiemos.
-¿Quiénes se atrincheran?
-Los mediocres, los sinvergüenzas, los que se reconocerían si escucharan esto.
-A lo mejor actúan así sin darse cuenta.
-Se dan cuenta de todo, y casi te diría que disfrutan cada vez que logran sepultar alguno de nuestros sueños.
-Me quiero ir contigo, lejos.
– Espera un poco. Más adelante nos iremos juntos. Aquí nos seguirían destrozando.
-Pero ellos sonríen en todas las fotos.
-Y seguirán riendo. Todos los canallas se protegen entre ellos.
-¿Dónde quieres que vayamos?
-No lo sé; pero supongo que habrá algún lugar en el mundo mejor que este.

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Resucitados

Al principio estaba desconcertado. Corría tranquilamente por la calle cuando cayó por la boca de una alcantarilla. No tuvo tiempo de pensar en nada. Ya luego, una vez despertó y se fue recuperando poco a poco de las heridas, se dio cuenta de que la vida era tan frágil como las alas de una mariposa. Basta un mal viento o un mal paso para que se quiebre para siempre. Le contaron que llegó una ambulancia, que salió en todos los informativos y que el ayuntamiento había destinado una partida presupuestaria de emergencia para reparar todas las tapas de las alcantarillas que había en las calles.
Unos segundos antes del impacto sintió que volaba por vez primera. No quiso conceder ninguna entrevista y en el hospital solo dejó pasar a los más cercanos. Estuve inconsciente cerca de diez minutos, aunque el escáner había descartado daños cerebrales aparentes. Lo que no detectó la máquina fue el miedo que se le quedó en el cuerpo. Al principio se sintió eufórico al darse cuenta de que casi estaba resucitando, pero luego, a medida que iba siendo consciente de lo que había sucedido, se fue angustiando cada vez más. Todos le preguntaban si había visto pasar las distintas secuencias de su vida en esos diez minutos. No mintió. Dijo que en ese intervalo no apareció nada de su pasado. Había un médico que estaba preparando una tesis sobre los resucitados que se presentaba todas las tardes en su habitación. Era el único inconsciente que conocía que no había atravesado el famoso túnel que culminaba en una intensa y cegadora luz blanca. Guardaba silencio. Su viaje había sido mucho más remoto y más lejano. A medida que se marchaba le fueron apareciendo todos sus antepasados, como si él hubiera formado parte de cada uno de ellos antes de que hubieran caído en alguna batalla o hubieran fallecido por una epidemia o por algún catarro mal curado. No los conocía, pero intuía que formaban parte de su genealogía más lejana. Como el Orlando de Virginia Woolf, fue mujer y hombre muchas veces, y vivió en épocas que ni siquiera aparecen en los manuales de historia. También iba hacia atrás y hacia delante, incluso mucho más adelante del tiempo extraño en el que ahora había despertado.

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Presentimientos

Presentía todas las llamadas antes de que sonara el teléfono. Él marcaba los números en el teclado y sobre la marcha se aceleraba su corazón a muchos kilómetros de distancia; pero una y otra vez cortaba un poco antes de activar el botón de llamada. No sabía quién era pero sí que estaba siempre a punto de llamar desde alguna parte. Lo estuvo presintiendo casi tres semanas antes de que finalmente llamara con la disculpa de un paraguas que se le había quedado en la cafetería donde iba a desayunar casi a diario. Fue solo el principio de un largo romance.