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Amores de madrugada

Había pasado una mala noche. No tenía problemas para coger el sueño, pero llevaba varias semanas despertándose a las dos horas de haberse quedado dormido. No salía de la cama y trataba de escapar cuanto antes de la vigilia. Encendía el transistor, cogía un libro de la mesa de noche o trataba de relajarse con una de las muchas técnicas de meditación que había ido aprendiendo a lo largo de los años. Podía estar diez minutos o dos horas dando vueltas hasta que volvía a dormirse.
Cuando sonaba el despertador se despertaba como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Los más cercanos le habían dicho varias veces que se le estaba poniendo mala cara y que tenía unas ojeras que le hacían parecer mucho más viejo y cansado. Los espejos nunca mienten, y él sabía que los otros tenían razón. La edad no es más que un estado del alma, y la suya había ido desgastándose poco a poco entre desengaños y maldades que no sabía asimilar como el resto de la gente. No lloraba, ni gritaba, ni se venía abajo delante de nadie; pero luego, durante la noche, le despertaba el eco de todas esas insolencias diarias.
Madrugada mucho. Le gustaba estar un par de horas despierto antes de salir al trabajo. Hacía deporte, leía y desayunaba sin prisas. También aprovechaba para visitar su Facebook y mirar el correo electrónico. Fue una de esas mañanas cuando quedó paralizado delante de su perfil de Facebook. Mientras dormía (o estaba desvelado en la cama), aquella foto que era él se había comprometido públicamente y había escrito palabras que él jamás se hubiera atrevido a dar a conocer en ninguna parte. Tenía decenas de amigos nuevos con los que parecía que llevaba meses conversando y contaba todos los detalles de su vida sin ningún pudor. No conocía de nada a aquella mujer que aparecía en todas partes como su futura esposa, ni tampoco a aquellos amigos tan jacarandosos con los que había estado bromeando buena parte de la noche.
Su actividad en la Red coincidía con las horas en las que se había desvelado, pero él no recordaba haber salido de la cama ni haber escrito absolutamente nada. Pensó que si lo hubieran suplantado no habría podido entrar con su contraseña. No sabía qué hacer. Ya era otra vez el temeroso y apocado que no se parecía a ese rey del mambo que revolucionada a toda la parroquia de Facebook durante la madrugada. Le envió a ese supuesto amor un mensaje privado. Le escribió Buenos Días a ver qué pasaba y ella le respondió sobre la marcha diciéndole que daría la vida por él y que jamás había amado a nadie de una manera tan alocada. En las fotos era muy guapa. Él se lavó la cara, se duchó y salió a la calle. No se había dado cuenta de que era domingo. Los solitarios se despistan muchas veces con el color de los días de los almanaques. Volvió a su casa y cuando encendió otra vez el ordenador ya ella no estaba por ninguna parte. Se sentó en el sillón y dejó pasar las horas recordándola.

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El comepipas

No me interesa nada de lo que ocurre ahí detrás. Yo levanto el telón y luego me pongo a comer pipas. Me quedo por aquí por si me llaman; pero pensando en mis cosas y sin escuchar lo que dicen esos pesados en el escenario. Entré por mi padre, que también se dedicaba a esto. A él sí le gustaba un poco más y seguía las obras los días de estreno, pero tampoco se entusiasmaba mucho. Mi abuelo sí entró por vocación. Se volvía loco con el teatro. A mí casi me gustaría más que pusieran un cine y que me metieran a vender las entradas, así no me aburriría tanto. Es muy fácil, mire, solo hay que apretar este botón de aquí, aunque primero hay que regular la velocidad. Antes era un trabajo más duro y requería mucha fuerza, sobre todo cuando la obra tenía éxito y había que estar cuatro o cinco veces subiendo y bajando el telón. Ahora está todo medido. Yo lo vuelvo a levantar cuando aplauden más de un minuto seguido, y me da igual las veces que tenga que darle al botón. No me ando con tonterías: cuando miro el telón veo un telón, no ese mundo de sueños que usted dice que se puede esconder detrás de él. A mí no me enseñaron nunca a soñar. Quise poner una tele pequeña pero no me dejaron. Tampoco me dejan escuchar la radio. Una vez una actriz repipi se quejó porque decía que estaba escuchando cantar goles mientras recitaba no sé qué monólogo coñazo que hacía llorar al público. Trato de no hacer ruido cuando abro las pipas para que no se vuelva a quejar nadie. Usted sigue haciendo unas preguntas rarísimas, ya le dije que no me planteo esas cosas por levantar una cortina. Si todos pensaran lo que están haciendo en los trabajos a lo mejor los dejaban sobre la marcha. Casi todos hacemos lo que nos mandan aunque no sirva para nada porque tenemos que pagar muchos gastos de otras muchas cosas que tampoco valen para nada. Así está montado el mundo. Yo por lo menos puedo comer pipas. No me quejo.

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La caída del ángel

Ni siquiera caí. Seguía el rastro de un brillo y no me di cuenta de que el cielo se acababa. Bajé en picado y me posé en un suelo de ladrillos encarnados. Lo que pensaba que brillaba no era nada, alguna esquirla de vidrio, arena derramada en el patio o un charco que aún no se había secado. Trataba de volar y me golpeaba contra las paredes. No había más de medio metro de ancho y la altura superaba los tres pisos. El cielo quedaba lejos. Otros se han ofuscado tratando de salir de donde es imposible sin una ayuda que nos permita extender nuevamente las alas. Primero llegó un perro y me estuvo oliendo. Yo no me movía. Se echó a mi lado y comenzó a lamer las pequeñas heridas que me había hecho en el intento de querer volar. Luego llegó él y me miró largo rato. Notaba que tenía miedo, pero después empezó a hablarme con ternura. Me dijo que no me preocupara, que buscaría la manera de salvarme. Era un hombre pequeño y poco musculoso. No hubiera podido conmigo. Al rato apareció otro hombre que sí era muy alto y tremendamente fuerte. Yo seguía quieto confiando en mi destino. No me quedaba más remedio que mantener la calma y la confianza en los milagros. Me levantaron muy despacio, y el hombre pequeño logró subirme sobre la espalda del grande. El perro nos seguía mientras apechábamos a duras penas las escaleras. Me colocaron sobre el suelo de la azotea y me dijeron que ya podía volar de nuevo donde quisiera. No podía hablarles, pero los dos entendieron que mis alas necesitaban extenderse en el aire. Jamás he volado desde abajo. El hombre más fuerte me sujetó como si fuera un pájaro y me lanzó hacia arriba con todas sus fuerzas. Solo miré para ellos cuando ya estaba muy lejos.