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Siguiendo rastros de ojos oceánicos

A veces el océano no es más que un eco de caracolas que uno recrea en la memoria de algunos versos. Hay poetas que resuenan como las olas y que se van adentrando en las orillas de nuestros recuerdos como mismo suben las mareas que cubren las peñas que creíamos a salvo de las aguas. A Pablo Neruda le debemos mucho mar y mucha música poética. Me veo en el instituto de Guía como un adolescente que no sabía qué es lo que iba a terminar haciendo en la vida. A esa edad uno está para enamorarse y para rebelarse vehementemente. Casi todo lo que te enseñan se va olvidando a medida que apruebas los exámenes y que pasas de curso; pero Neruda, al que entonces también memorizábamos como Ricardo Neftalí Reyes, no llegó para ser ave de paso en aquel descontrol de hormonas y de sueños.
Recuerdo el impacto de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Eran los versos que esperábamos para contarle al mundo lo que muchas veces estábamos sintiendo. Me sucedió algo parecido con Bécquer, con Juan Ramón Jiménez o con Antonio Machado. De repente descubrías que alguien también estaba desesperado por no ser amado o que se sentía tan solo como los muelles cuando atraca la tarde. También le debo a Neruda algunos de mis primeros besos de amor. Recuerdo memorizar muchos de sus poemas para buscar acercamientos amorosos. Luego, con el paso del tiempo, uno deja de memorizar versos porque de alguna manera aprende que todo lo que emociona se queda siempre a salvo en algún lugar recóndito de esa caja mágica de sorpresas que es a veces el cerebro cuando se le va alimentando de emociones y de intensas vivencias.
La Isla Negra podía ser cualquiera de aquellas playas de juventud a las que llegábamos como náufragos buscando en los rompientes de las aguas las respuestas que no hallábamos en ninguna parte. Da lo mismo que uno mire al Pacífico o al Atlántico cuando escribe porque todas las orillas están unidas por los mismos interrogantes. Pasó el tiempo y llegaron otros versos de Neruda, su Canto General de habituales regresos o las memorias que tanto cuentan de una época convulsa en la que los poetas se lanzaban al mundo a tumba abierta. También recuerdo que con Neruda quedé fascinado para siempre ante cualquier mascarón de proa. Muchas veces nos parecemos a un gran mascarón de proa que busca su propio horizonte antes de que llegue el resto del barco a conquistar las estelas machadianas que dibujan nuestros caminos en la mar. Me quedo con su poesía. Gracias a él muchos acabamos siendo poetas sin haber pensado nunca en escribir un verso. Descubrimos que llega un momento en la vida en el que solo tiene sentido lo que logra que el tiempo no sea solo sucesión de segundos que no llevan a ninguna parte. Seguiré buscando siempre, detrás de cada palabra y de cada mirada, con las mismas intuiciones que aprendió aquel adolescente enamorado a tirar todas las redes sobre los rastros de unos ojos oceánicos. Un poeta no muere ni siquiera cuando hace ya cuarenta años que lo han enterrado. Si acaso fallece cuando se le olvida o cuando sus versos languidecen por cursis o por vacuos.
Este artículo fue publicado ayer en el Pleamar de Canarias 7.

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Majorstua

Yo nací para estar en la playa todo el día. Si pinto es porque no me queda más remedio. En Majorstua atardece cada vez más temprano y en muy poco tiempo todo estará cubierto por la nieve. De niño tuve la suerte de no ir al colegio. Me educaron mis padres cerca de las playas. Todos pensaban siempre que éramos extranjeros de paso. Nunca estaban más de un mes en ninguna parte. Recorrimos casi todas las islas de Canarias durante doce años. No tenía hermanos. Ellos vendían pendientes, pulseras y collares con pequeñas conchas y con piedras de colores que yo les ayudaba a buscar por la costa.
No tenía tiempo de hacer muchos amigos. Jugaba con niños extranjeros que también estaban de paso o con los isleños que se escapaban del colegio o que venían a jugar a la arena cuando no tenían clases. Era feliz entre la espuma de las olas. No teníamos nada, pero disfrutábamos de la libertad y de cada segundo de nuestro tiempo. No creo que otros niños hayan podido estar tanto tiempo cerca de sus padres. Nunca le perdoné a mi abuelo lo que hizo. Denunció a mis padres por desatención y por no llevarme a ningún colegio. Fue un escándalo que salió en los periódicos de las islas y aquí en Noruega. Me trajeron a la fuerza y me internaron en un colegio durante años. Luego me dijeron que mis padres habían muerto. Los encontraron muchos días después de haber fallecido ahogados en la zona de Cofete, en la isla de Fuerteventura. Yo siempre he pensado que se dejaron morir después de perderme. Estuvieron un tiempo detenidos e intentaron que volviera con ellos, pero las autoridades impidieron una y otra vez ese reencuentro. Aparecieron en todas partes como unos locos irresponsables. Yo les quería mucho.
Terminé los estudios y no he querido volver nunca a Canarias. Me encerré en esta casa de Majorstua en la que vivo ahora y solo pinto lo que recuerdo que viví de niño. Los noruegos se vuelven locos con la luminosidad de mis cuadros y pagan dinerales por ellos. Vivo pintando mi propia nostalgia. Solo cuando todo está nevado salgo alguna vez a las calles y trato de recordar la espuma de Famara, de San Agustín o de Jandía. Dejo que mis pies se entierren en la nieve y cierro los ojos recordando el sonido de todas las playas de mi infancia.
Esta tarde, a partir de las 19:00 horas, estaré en la Biblioteca Pública de Las Palmas, junto a la estación de guaguas, participando en un encuentro con aquellos lectores que quieran acercarse a pasar un buen rato y a intercambiar opiniones sobre la literatura, la vida y los tiempos que transitamos. Quedan todos invitados.

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La piscina de las muñecas

La niña desnudaba las muñecas y las tiraba desde el banco de la plaza. Su madre le contó a una señora que estaba a su lado que para ella el pavimento era una gran piscina. Las miraba siempre como si estuvieran nadando. Luego cogió un bolígrafo y comenzó a dibujar rayones en un gran cuaderno de papel. Cada una de las rayas iba representando a alguien. Un recta era su madre, un tirabuzón su hermano y un círculo inconcluso decía que era su padre. Su perro era una especie de estrella. Su madre le contó a la amiga que su perro había muerto hacía una semana y que desde entonces la niña casi no hablaba.
Cuando dibujaba pasó un mendigo indignado porque en la cafetería que estaba junto a la plaza no le habían dado un poco de mantequilla para el pan que estaba comiendo. No entendía que ni siquiera fueran capaces de ofrecerle uno de esos envoltorios diminutos que ponen en el desayuno junto a la mermelada. La niña miró al mendigo que casi se atragantaba comiéndose el pan sin acompañamiento alguno. A su alrededor empezaron a posarse decenas de palomas. Él les iba lanzando migas después de amasarlas un poco entre sus dedos. La niña se acercó rápido a recoger las muñecas. El mendigo le dijo que no se preocupara porque las palomas no comen muñecas. La niña no tendría más de dos años. Sin que nadie lo esperara se acercó a mi banco y me dijo que me había dibujado. Era una especie de sombra sin nada en medio. Yo pensaba que cuando estabas muerto no te veía absolutamente nadie. Su madre le preguntó que quién era esa sombra y ella señaló justo hacia donde yo estaba sentado. Le comentó a la amiga que su hija era una niña rara que decía veía gente como mismo era capaz de estar viendo una piscina en medio de la plaza.