Caballos blancos

Siempre recuerdo un relato de Raymond Carver que se llenaba de caballos blancos. Contaba la historia de uno de esos extraños amores que se acaban y que casi nunca logran sobrevivir a las segundas oportunidades. Aún me sobrecoge la solemnidad de los caballos en mitad de la noche. También me conmueven aquellos amantes que acababan claudicando ante la inevitable infidelidad del tiempo que termina maniatando casi todas las caricias. No había más trama que la propia sensación de fracaso, el amor que naufragaba ante el vano intento de quienes aún soñaban con poder salvarlo. La vida se escribe muchas veces como en el desasosiego de los relatos de Carver. No la entendemos; pero tenemos la certeza de que lo único que nos salva es seguir buscando en otros abrazos el amor que se está escribiendo mucho antes de que nosotros lo terminemos encontrando.

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