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Cerrando los ojos

De niño nos decían que cerráramos los ojos y siempre hacíamos caso porque sabíamos que en ese intervalo de sombras podían acontecer todos los milagros. Daba lo mismo que luego, al abrirlos, no encontráramos lo que habíamos estado imaginando en la espera. Hace mucho tiempo que nadie apela a mi inocencia soñadora invitándome a recrear algún deseo. No me dicen que cierre los ojos y que luego los abra para encontrarme delante del regalo deseado o de la persona añorada. Acabo de cerrarlos y he dejado de escribir unos segundos. La luz de la pantalla llena de letras sigue haciendo posible el milagro que uno buscaba en la infancia; pero hasta que no escribo de nuevo no sé nunca lo que estoy buscando. La poesía, por ejemplo, es como aquellos amigos inesperados que te cerraban los ojos con las manos para ver si los reconocías a través de su tacto o de su voz cambiada. No sabes realmente hacia dónde partirán tus palabras hasta que no emprendes el viaje hacia alguna emoción oculta que ni siquiera sabías que guardabas.

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Gaviotas y semáforos

Casi siempre pasamos de largo ante los que hablan solos por la calle. Habitualmente maldicen nombres que no pudieron olvidar. Van mascullando agravios, soltando tacos o repitiendo sílaba a sílaba, como si todos conociéramos su historia, el nombre de una madre, de un padre, de un hermano o de alguien que quisieron y jugó con su cariño hasta destrozarlo.
Los que no llegamos a esos extremos hablamos a solas entre las paredes de nuestras casas; pero en lugar de maldecir soñamos o recordamos como si fuéramos una voz en off que nos va contando o que responde a las preguntas que el silencio atenaza. A mí me gusta escuchar de vez en cuando esos soliloquios de quienes juzgamos desnortados. Ayer iba uno de ellos siguiendo el vuelo lejano de las aves al final de la tarde. Reconocía sus nombres y los iba repitiendo una y otra vez mientras recordaba sus secuencias de paso o describía las piruetas de cada uno de sus vuelos. Estaba empeñado en avisar a las gaviotas para que no se acercaran tanto a las calles. Según él estaban confundiendo los semáforos en verde con los ojos de algunos peces de mirada glauca que brillan en el fondo del océano. Agitaba las manos como espantando el vuelo lejano de esas aves que gritaban como niños ufanos cuando caía la tarde. Lo dejé contando sus historias. No tenían coherencia y se repetían hasta el hartazgo; pero prometo estar atento a todo lo que cuente. Esa imagen de las gaviotas confundiendo los peces de ojos glaucos con los semáforos tiene más literatura que casi todo lo que leo buscando ese fogonazo poético e inesperado que el supuesto loco iba pregonando a gritos por la calle.

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Tres días

Ayer, mientras me tomaba un té en una terraza de la zona de Triana, escuchaba la conversación de dos señoras que estaban en la mesa de al lado. A veces no hace falta que prestes atención para que te lleguen los detalles de una conversación. Una de ellas estaba un poco alterada. Su amiga le decía que se calmara; pero ella le respondía diciendo que estaba harta de los desplantes sin motivos de algunas personas y de la maldad de quienes no han aprendido que la vida son tres días y que tendríamos que intentar entendernos entre todos para ser felices. Lo de que la vida duraba tres días lo dijo varias veces, y hasta sacó la situación que se vive ahora mismo en Siria para demostrar que algunos seres humanos no aprenden ni siquiera de los errores de su propio pasado. No hubiera quedado bien que hubiese tomado la palabra en aquella conversación; pero me habría gustado coincidir con esa señora de mediana edad. Decía estar harta de ser vapuleada sin motivos por uno de sus hijos y por quienes no hacen más que sembrar discordias por donde quiera que pasan. No tenía pinta de paranoica. Cuando crucé con ella mi mirada noté en sus ojos una inmensa pena. Estoy con ella en que la vida son tres días y que aquí no dejamos absolutamente nada. Da lo mismo lo que cargues en tus bolsillos porque lo que quiera que guardes no tendrá ningún valor cuando te vayas. Sí creo que no todo el mundo se despide de la misma manera. El tiempo, como decía Chaplin en Candilejas, es un gran autor que siempre da con el final perfecto. Cada cual escribe a diario un par de líneas de ese epílogo incierto. No siempre acertamos; pero no creo que haya viaje placentero si se ha dejado que la maldad y la discordia acaben guiando los pasos.