El virus, las palabras y los huesos

Un virus informático no es más que una cura de humildad literaria. Si no cuentas con copia, o si todavía no te ha dado tiempo de guardar lo que estás escribiendo, compruebas impotente y maniatado que todo se lo traga la pantalla con una voracidad que no conoce compasión ni se detiene ante un supuesto verso memorable o una frase presuntamente genial. Así deberíamos escribir siempre, sabiendo que todo se lo terminará tragando el olvido como mismo lleva deglutiendo la memoria de los humanos, los gatos, las piedras o las nieves supuestamente perpetuas desde hace millones de años. Me dan pena de los que declaran orgullosos que sus letras les acabarán sobreviviendo. Aquí no sobrevive más que lo que uno encuentra delante de sus ojos cada mañana. Esas letras se irán por donde mismo vinieron. Un amigo poeta me dijo un día, trascendente y engolado, que los versos que se había tragado la pantalla de su portátil seguro que acabarían en otra dimensión que aún no somos capaces de vislumbrar con el cerebro que nos ha venido de fábrica. Llevábamos un par de vinos encima y preferí darle la razón para que no empezara a incordiar con la metaliteratura y todas esas majaderías que terminan arruinando las sobremesas. Sí me hubiera gustado decirle que las únicas dimensiones son las de las recreaciones informáticas. De nuestro paso por este valle que empaña tanta veces la nostalgia solo quedará un disco duro que algún día tendrá un mono entre sus manos como mismo blandía en 2001 aquel hueso que luego lanzaba por los aires del tiempo hacia la nada.

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