El sándwich mixto

Llevo cuatro años viendo casi a diario cómo se come un sándwich mixto. Paso junto a la cristalera de una cafetería camino del trabajo y siempre me tropiezo con su gesto ensimismado mirando al plato o mordisqueando las tostadas con jamón y queso. Es lo único que conozco de él. Es un hombre de mirada melancólica, con pinta de jubilado, que también tiene un vaso con café con leche a su lado, día tras día, unas veces más lleno que otras, con el sándwich casi entero si llego pronto y a punto de terminarlo si me retraso.
Yo supongo que para él seré una sombra que siempre pasa deprisa y que a veces se le queda mirando. Alguien me dijo una vez que todo lo que vamos viendo forma parte de un aprendizaje del que tenemos que ir sacando conclusiones para luego encontrar otras pruebas y otros encuentros más adelante. No sé qué sentido tendrá ese señor y ese sándwich que veo cada mañana cuando camino apresurado hacia el trabajo. Me imagino que no me daré cuenta hasta el día que falte. Las pocas veces que no lo he visto casi me he pellizcado para saber si realmente estaba pasando por la misma calle. Luego me tranquilizo cuando lo veo de nuevo, reconcentrado y nostálgico, masticando lentamente un sándwich que cada mañana, como él y como yo, será distinto a los otros que lleva años pidiendo en la misma mesa, con el mismo vaso, como si cada día estuviera esperando a que llegara alguien a rescatarlo. Tiene pinta de ser un hombre solitario. Le delata su propia mirada.

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