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Lanzar los dados

Cada vez que le quito la piel a una manga voy acortando la distancia que me separa de la orilla del mar y del verano. Da lo mismo dónde esté porque siempre regreso a la playa. Hay olores que se adelantan a todas las estaciones y que nunca tienen en cuenta las fechas de los almanaques. Evocamos lo que dejamos atrás; pero (aunque resulte paradójico) también lo que anhelamos encontrar alguna vez en los pasos que nos quedan por delante. Uno se recrea siempre a imagen y semejanza de lo que desea ir soñando. Jugar a vivir no es tan complicado como nos proponen a diario los que nunca quieren que salgamos de la casilla de salida. Existen mil riesgos; pero también hay miles de combinaciones en los dados que nos permitirán avanzar en medio de todos los desastres. Si no jugamos, nos quedaremos siempre a las puertas de todos los teatros.

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Calle Colmenares

Hay calles que conservan los vientos que ya arrastraban la arena y las hojas secas mucho tiempo antes de que llegaran los humanos a parcelar todos los espacios abiertos. En todas las ciudades uno se encuentra esquinas en las que, de repente, aparece un aire inesperado que nos despabila y que amaga con arrancarnos todo lo que no llevemos bien sujeto. En Las Palmas de Gran Canaria una de esas calles es Colmenares, justo cuando cruzas Bravo Murillo para empezar a recorrer León Castillo. Cualquiera que transite por allí habitualmente conoce lo que cuento. Parece como si no hubiera edificios para impedir que la brisa siga aventando como mismo lo haría cuando allí no había más que un paisaje reseco con interminables arenales. Ese ventanero constante te recuerda que hay ciclos que están por encima de esa presencia egocéntrica del ser humano en la naturaleza. Ese aire lejano acabará barriendo todas nuestras cenizas y seguirá soplando en ese mismo espacio cuando ya no queden rastros de las ciudades o del mismísimo planeta. El viento no solo mueve hojas secas; también nos recuerda el tránsito veloz del tiempo que no deja nada a su paso y que nunca cesa.
A veces me paro en la esquina de Colmenares con León y Castillo y solo tengo que cerrar los ojos para verme como un navegante en medio de ese mar que es la vida o alongado a esa proa que nunca sabes a qué puerto terminará arribando. Tampoco conoces jamás la dirección de tus propios pasos, o los desvíos que tiene previsto el destino en la siguiente esquina o en el próximo cruce de miradas. Los isleños sabemos que los vientos van de una orilla a otra orilla del océano. En medio solo encuentran rocas que salieron de la nada. Nosotros construimos grandes edificios y soñamos el futuro como si fuéramos eternos; pero cualquiera de esas ráfagas que atraviesa las calles sigue reconociendo lo efímero y volátil de nuestra presencia. Y no es para pesimismos para lo que uno razona cuando escucha el viento que no cesa nunca aunque parezca que todo está en calma. Lo que genera esa revoltura de papeles viejos en las aceras son unas ganas infinitas de vivir sabiendo que no hay nada que detenga al tiempo. También nos recuerda que solo somos navegantes a merced de todos los océanos. Ese aire me trae a la memoria la palabra chirote que nombraban mis abuelas, aquel mismo chirote que me encuentro siempre que cruzo la calle Colmenares a la altura del antiguo muelle que estaba frente al parque de San Telmo. Solo las palabras reaparecen o se mantienen vivas en el eco de todos los recuerdos. Nuestros antepasados más remotos aprendieron a convivir armoniosamente con la naturaleza. Ellos ya sabían, aunque no lo dejaran escrito en ningún papel ni en ninguna piedra, que todo lo que acumulamos no es más que polvo que algún día removerá el viento.

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Estancias

Solo volvemos donde quiere nuestro propio regreso. No ves lo que tienes delante sino lo que intuye tu recuerdo. Lo primero que llega es el olor de las calles que jamás has olvidado. Realmente te quedas aunque creas que te hayas marchado.