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Lanzar los dados

Cada vez que le quito la piel a una manga voy acortando la distancia que me separa de la orilla del mar y del verano. Da lo mismo dónde esté porque siempre regreso a la playa. Hay olores que se adelantan a todas las estaciones y que nunca tienen en cuenta las fechas de los almanaques. Evocamos lo que dejamos atrás; pero (aunque resulte paradójico) también lo que anhelamos encontrar alguna vez en los pasos que nos quedan por delante. Uno se recrea siempre a imagen y semejanza de lo que desea ir soñando. Jugar a vivir no es tan complicado como nos proponen a diario los que nunca quieren que salgamos de la casilla de salida. Existen mil riesgos; pero también hay miles de combinaciones en los dados que nos permitirán avanzar en medio de todos los desastres. Si no jugamos, nos quedaremos siempre a las puertas de todos los teatros.

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Estancias

Solo volvemos donde quiere nuestro propio regreso. No ves lo que tienes delante sino lo que intuye tu recuerdo. Lo primero que llega es el olor de las calles que jamás has olvidado. Realmente te quedas aunque creas que te hayas marchado.

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Marrón glacé

Ese hombre tiene mala suerte. Lo repite él mismo a todas horas y te lo demuestra cada uno de sus pasos en los últimos años. Lo tuvo todo y lo fue perdiendo poco a poco. Había heredado una conocida tienda de ropa en la calle principal de la capital. Le llegaron múltiples ofertas de compra o de traspaso que le hubieran permitido vivir como un maharajá; pero él se empeñó en demostrarle a la familia que era un hombre de negocios capaz de generar más riqueza de la que había heredado. Compró dos grandes máquinas de revelado y cambió el negocio textil por el fotográfico. Calculaba que en dos años habría rentabilizado por completo la inversión y que, a partir de ese momento, se forraría sin tener que invertir prácticamente nada en gastos. A los tres meses empezaron a salir las primeras cámaras digitales y al paso de un año no había casi nadie que siguiera con el papel. Lo perdió todo.
Su familia jamás le perdonó y su madre y sus dos hermanas no quisieron saber nada más de él. Cambió de ciudad y trató de rehacerse vendiendo chicles en los parques. Se le echaban a perder. Tenía gran cantidad de azúcar y su presencia no ayudaba a dar mucha confianza. Luego quiso vender paquetes de millo para dar de comer a las palomas. Compró algunos sacos y los guardó en la pensión en la que vivía. A los dos días de comprar esos sacos el ayuntamiento publicó una ordenanza avisando de que multaría a todo aquel que le diera de comer a las palomas en las plazas. Se le estropeó todo el millo antes de que pudiera venderlo para gofio.
Ahora anda ideando más negocios. Ha llamado a dos amigos de infancia y les ha propuesto montar una editorial. Los amigos le han dicho que quizá la edición digital sea un buen negocio en el futuro, pero él les ha contestado que el papel jamás morirá y que los únicos libros que pueden llamarse libros son los de toda la vida. Y además quiere publicar enciclopedias. Apenas sabe lo que es Internet. Los amigos le recuerdan lo del revelado de fotografías, pero él responde que en este caso son letras, y que las letras sin papeles no van a ninguna parte.
A veces duerme en una pensión y cuando no logra que le den monedas se acuesta directamente en un banco del parque. Sigue empeñado en que es un lince para los negocios. Escuchó una vez que quien insiste en sus sueños los termina logrando. Su padre siempre quiso que siguiera con un negocio que contaba con gran tradición y con una clientela selecta. Él se rebeló contra esa idea desde que era adolescente. Los otros mendigos del parque se ríen de sus ocurrencias y le ofrecen el morapio de mala muerte que beben desde que se levantan. Cuando bebe mucho se le ocurren ideas de negocios aún más delirantes. Ellos le llaman el emprendedor y se mueren de la risa con sus propuestas. Nunca se han creído que sea el hijo de la recordada Confecciones Nazarín e hijos. Casi todos los mendigos, antes de ser mendigos, hicieron la Primera Comunión o se casaron con la ropa que vendía su padre. Él está pensando ahora en cómo lograr que las castañas también caigan de los castañeros del parque en verano. De niño le encantaba el marrón glacé. Su padre le traía unos botes enormes con ese glaseado de castañas cuando sacaba sobresalientes en el colegio.