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El perdón

No hay juez más implacable que nuestra propia conciencia. Tengo conocidos que supuestamente lo tienen todo y que no logran conciliar el sueño sin pastillas que aíslen sus remordimientos. No basta solo con disculparse ante los demás. Claro que es valiente el que lo hace, sobre todo en estos tiempos tan dados a la arrogancia y a la insolencia; pero el otro casi siempre olvida aunque tú no des ese paso para aliviar tu conciencia. La peor parte se la queda quien actúa de mala fe y lo sabe. El único perdón es el que uno se concede a sí mismo. Lo aprendes con los años y con todos los indeseables que te has ido tropezando en el camino. Ninguno se va de rositas. Ellos creen que son triunfadores y felices, pero siempre les notamos el miedo y la maldad en sus miradas. Y todos caen. No hay ley física que no se cumpla más tarde o más temprano.

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La inevitable levedad de Sísifo

Un libro es un universo en el que uno se adentra tratando de entender lo que deja fuera. A Sísifo no le importaría cargar todo el tiempo con la piedra si pudiera estar leyendo: Sísifo merece ser feliz, y quienes se acerquen al libro de Rubén Benítez Florido tendrán la fortuna de emocionarse, de aprender y de rastrear entre las señales que van dejando las palabras cuando quien escribe se acerca a ellas queriendo ordenar un poco el mundo. No es fácil escribir de filosofía y conseguir que el lector no se pierda en la aridez de las teorías o en esos lenguajes que, lejos de comunicar, se convierten en barreras casi infranqueables para los que no dominan la materia. Rubén consigue volver cercana la filosofía sin desvirtuarla y sin simplificarla. Y consigue ese logro casi milagroso justo por el dominio del lenguaje que otros complican y enredan con galimatías o latinajos. Escribe sencillo lo aparentemente complicado y logra que entendamos a Nietzsche, a Heidegger o a Gadamer con esa naturalidad que transmiten los que realmente tienen algo que decir.
Sísifo merece ser feliz es un libro que nos recuerda mucho de lo que ya habíamos olvidado y que, al mismo tiempo, nos enseña lo que no conocíamos o habíamos escuchado sin ser capaces de situar en un contexto o de encontrarle sentido. Pero no solo de filosofía está hecho el hombre, y por eso el filósofo también se convierte en escritor y en cronista de su propio tiempo. Y, además, ese escritor maneja la narración con exquisita soltura, musicalizando todo lo que cuenta. Por eso este libro, aunque esté dividido en varias partes, mantiene un tono y un sentido que lo unifica, esa voz tan difícil de encontrar, y que en el caso de Rubén resulta reconocible desde el primer renglón hasta el último.
Uno siente como si le estuvieran hablando al oído todo el rato, como cuando de niño conseguían embelesarnos con historias que paraban el tiempo y ponían en marcha todo el bendito mecanismo de la imaginación. Rubén cuenta y toma partido por sus escritores y por sus filósofos predilectos, y esa pasión la transmite detrás de cada adjetivo y de cada verbo. No vivimos tiempos de pensadores o de conspicuos ensayistas. Ante ese páramo preocupante uno se tranquiliza cuando lee a Rubén Benítez Florido en sus blogs, en el periódico de papel o en sus libros. Es tremendamente generoso: detrás de todo lo que escribe hay un afán de compartir sabiduría o de invitar al lector a que descubra lo que a él le ha hecho feliz en la filosofía, en la literatura, en los viajes o en la mirada serena y detallista con que se asoma al mundo.
Las citas con que abre los capítulos ya dicen mucho de quien escribe. No lee solo para él sino que lo hace pensando en cómo hacer llegar a los otros lo que ha tenido la suerte de conocer. También es capaz de armar textos partiendo de esas referencias a sus autores más admirados. Y en mucho de lo que escribe también deja caer muchas sentencias y reflexiones que otros, a su vez, acabarán convirtiendo en citas.
Rubén es Sísifo y es cada uno de nosotros, también Sísifos que solo queremos ser felices. Y él sabe, por seguir con lo mitológico, que la palabra es lo único que nos salvará de los laberintos y de los minotauros que tratan de aprovechar cualquier atisbo de ignorancia para desorientarnos o destruirnos. Solo nos queda el cordel de la inteligencia y de las emociones para emular a Teseo. También contamos con el fuego que Prometeo robó a los dioses y que nosotros hemos convertido en placer o en esa puerta abierta que nos permite habitar otros mundos sin salir de este mundo tan previsible y tan maltratado por los que se niegan a entender que la educación y la cultura es, junto con el amor, lo único que realmente nos salva.
Cuando leemos también estamos recorriendo los senderos que siguió quien escribe. Todo ese camino andado por Rubén Benítez Florido nos llega ahora con esa madurez y esa sapiencia que atesoran los que viven sabiendo que la única certeza se encuentra siempre en el aprendizaje diario. No esperen dogmas ni verdades absolutas en este libro. Rubén nos cuenta lo que sabe o lo que intuye con esa sutileza con la que se manifiestan siempre los sabios. Celebramos la aparición de Sísifo merece ser feliz. No todos los días tenemos la suerte de encontramos con libros que ayuden a que la vida sea un lugar un poco más comprensible y habitable.
(Este texto fue leído ayer durante la presentación del libro Sísifo merece ser feliz de Rubén Benítez Florido)

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La calle

Las calles casi nunca se trazan simétricas porque siempre habrá alguien que acabará cambiando un color de la fachada o colocando una maceta de geranios que la aleje de los planos o de las intenciones de quienes la proyectaron. Una calle es una sucesión de puertas y de ventanas que acaban coincidiendo en una ciudad de paso, edificios que se van sumando según las modas o las necesidades. Ya luego acabarán plantando unos árboles, colocando contenedores de basura o aparcando coches sobre las aceras. Todos esos coches, en las ciudades pequeñas, también terminan formando parte de nuestro paisaje. A veces no sabemos quién vive en el número once o en el treinta, pero sí reconocemos cada noche el mismo coche rojo o la furgoneta desconchada, y el día que faltan uno se da cuenta de que su calle también cambia como cambian cada uno de esos árboles cuando siembran de hojas otoñales las aceras o alegran con flores luminosas los horizontes de mayo.
En mi calle se escucharon anoche los gritos de los goles contra Italia y ahora mismo transitan por ella los primeros coches que vienen a sustituir a los que ya partieron a primera hora de la mañana. Alguien dice estar contento porque a Bárcenas por fin lo han metido en la cárcel. Dos señoras están en la esquina y me saludan cuando paso con mi perro. Antes de llegar estaban hablando de los ángeles. Me hubiera gustado haber escuchado algo más. Todos los argumentos que escribo suenan previamente en las calles por donde voy pasando, en los ojos de ese mendigo que me mira cuando se acaba de lavar la cara en el agua de la fuente de la plaza, en la mirada desafiante de ese pisaverde que se cree el rey del mambo por ser juez de no sé qué juzgado ni de qué instancia o en los niños que estos días ya no están cargando mochilas o esperando guaguas que les alejen todavía más de la inocencia.
A mi calle llega el olor del salitre cuando sube la marea y en sus paredes siempre hay escritos de un adolescente enamorado que lleva todo el año escribiéndole mensajes de amor a una tal Marta que no le debe hacer ni caso. Dentro de un rato abrirá un negocio en el que siempre cantan boleros los dos empleados. Hace años también había una panificadora que dejaba todo oliendo a pan y a milagro. En su lugar han abierto hace poco una sucursal para que la gente haga apuestas con los resultados de los partidos de fútbol. De vez en cuando aparece alguna gaviota serenando su vuelo cerca de las fachadas como si mi calle fuera solo una estela trazada entre la cercana e infinita inmensidad oceánica.