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Robinsones

Las islas desiertas son ahora las calles sin cobertura y sin conexión wifi. Desde hace veinticuatro horas, la zona en la que vivo se ha quedado sin esa conexión inalámbrica que nos acerca el mundo. Aislado ya no viene de isla sino de Internet. Puedes ser un náufrago en medio de Manhattan o de Hong Kong. Si no nos actualizan las pantallas, en pocas horas te puedes quedar como aquellos robinsones que regresaban a la civilización sin poder asumir los lentos cambios de entonces. Aquí todo cambia de repente en unos días, y si te alejas o te incomunican te cuesta coger el hilo de tu propio tiempo. La muerte también se ha convertido en una recreación virtual de la técnica. Solo tienes que borrarte de las redes sociales para desaparecer como si lo hicieras para siempre. Por eso los escritores de antes se movían mucho mejor entre la ficción y lo cierto. Tampoco había nadie que les dijera si cuando escribían estaban vivos o muertos. A nosotros nos matan cuando nos desconectan.

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El escondite

Un día, jugando al escondite, te escondes más tiempo que otras veces para que no te encuentren y cuando sales ya no te reconoce nadie. No están los que te buscaban (y no sé si esto ya lo leí o lo escribí alguna vez), y no sabes quiénes son los pocos niños que encuentras por la calle. Si cerramos los ojos un momento todavía podemos encontrarnos escondidos en cualquier juego de infancia. Ninguno de nosotros podía pensar entonces que aquel sueño de querer hacernos mayores cuanto antes se iba a terminar cumpliendo sin que casi tuviéramos tiempo de darnos cuenta. Ya uno, por si acaso, no quiere jugar más al escondite, ni cerrar los ojos deseando el paso del tiempo. Ahora anhelamos todo lo contrario, no volver a la infancia, porque eso sería una sandez, sino refrenar intensamente cada minuto y vivirlo como si fuera siempre el último. La vida pasa de largo en un abrir y cerrar de ojos. Recuerda que parece que fue ayer mismo cuando no te encontraban. Desde que olvidamos el sentido del juego, dejamos que el tiempo nos derrote con todas sus trampas.

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Persistencias

Hay una persistencia en la naturaleza que está por encima de las voluntades pasajeras de los humanos. Las olas no paran de llegar a la orilla, ni el sol deja de brillar detrás de un manto de nubes. Tampoco importa que nosotros construyamos muelles en las costas o ciudades megalómanas donde había extensos bosques o palmerales edénicos. Algún día los árboles volverán a emerger entre las grandes avenidas dejando nuestro paso por el mundo como una anécdota que acabará cubriendo la hojarasca. Estos días descubro la primavera entre los adoquines de Vegueta. En medio de las ranuras, o a veces abriéndose paso entre las propias piedras, brotan milagrosamente decenas de hierbajos que rebuscan los perros para retroceder también a tiempos más edénicos. No se detiene el curso de las estaciones porque nosotros nos neguemos a verlas. Esa pequeña insistencia diaria de la hierba nos debería enseñar que lo que realmente importa anida siempre en lo más profundo de nuestra propia naturaleza.