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Anna y Alexei

Fue un día de octubre de hace tres años. Paseaba por el cementerio de una pequeña ciudad centroeuropea. Llovía mansamente cuando vio aquella tumba y comenzó a llorar. Leyó el nombre de una mujer que había nacido en 1875 y que había muerto en 1898. Se llamaba Anna Stepova. Recordó su cara frente al espejo, sus ojos azules y aquella tristeza que se le posó en la mirada cuando aquel novio murió en un duelo. Lo mató el hijo pendenciero de un general austrohúngaro. Su novio era poeta. Fue entonces cuando ella rompió el hielo del lago y se dejó hundir en el agua. Lo fue recordando todo mientras miraba aquella lápida desgastada en la que nadie colocaba flores hacía muchos años. Compró un gran ramo de rosas blancas en la entrada del cementerio. Desde entonces, cada primer día de mes, ingresa un dinero en una cuenta para que nunca falten rosas blancas ni en su tumba ni en la de su amado. Averiguó el nombre de aquel novio. Se llamaba Alexei Vlador. Estaba enterrado justo al lado de Anna Stepova.

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Dos euros

Tocaba el violín en la trasera de la Catedral y ella comenzaba a llorar desde que escuchaba los primeros acordes. Cuando pasaba a su lado le ponía siempre dos euros en el plato. Ella era canaria y él rumano. Alguna vez se miraron a los ojos. Él tocaba con una tristeza que oscurecía hasta los adoquines cuando el cielo estaba azul y todo olía a verano. No era un tópico decir que aquel violín lloraba, pero solo lo hacía cuando ella estaba cerca. Hacía cien años, él tocaba otro violín en Viena. Ella estaba casada y no se atrevió a fugarse con él. Tenía dos hijos. Se amaron clandestinamente durante dos años. Luego él se marchó harto de esperar. Se casó en Baviera y nunca fue feliz. Ella lloraba siempre que se quedaba sola en su casa. Hoy no saben nada de ese pasado que los emparenta. Solo quedan dos euros diarios en un plato de todo aquello que pudo haber sido tan bello.

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Los tesoros

Siempre enterraba algo en los lugares en donde había sido feliz. Casi todas las ciudades en las que había vivido guardaban un recuerdo lejano de su presencia. De niño enterraba monedas en el campo o se empeñaba en vencer a las mareas guardando piedras o caracolas debajo de la arena. Ahora acude a algún parque o cierra los ojos y guarda lo que desea en lo más profundo de su memoria. Todo lo que vivimos intensamente se eterniza y se queda para siempre, aunque nunca lo volvamos a recordar de manera consciente. De esos trasteros del alma se nutren luego los sueños o ese estado de ánimo que uno a veces no sabe que ha escrito mucho antes, esa melancolía de los días grises o la alegría extraña e inmensa bajo un cielo azul de verano.

Ese hombre me contó que una vez, con ocho o nueve años, había enterrado unas monedas en una finca del pueblo en el que pasó su infancia. Sabía perfectamente dónde había excavado la tierra y recordaba todo aquel ritual que improvisaba con sus amigos cuando jugaban a ser aventureros. Ese día, además, dibujaron un mapa con todas las referencias cercanas y se dijeron que vendrían a buscarlas cuando cumplieran cincuenta años. Él imagina que los demás amigos olvidarían esa promesa. Ni siquiera se acuerda de qué amigos le acompañaban, pero sí de las monedas de cinco duros que enterraron en aquella tierra arcillosa que estaba junto a una plantación de plataneras. Fueron cuatro monedas que ya no existen, y él regresó queriendo cumplir aquella promesa. La recordó hace un par de años. No había regresado a ese pueblo lejano desde la adolescencia. Su padre había estado destinado en el colegio y luego acabó viviendo en otra provincia lejana.

Subió al avión, llegó a la isla y se acercó al pueblo de su infancia. No reconocía a nadie, y él también fue un extraño para todos los que se lo tropezaron por la calle. Ya no estaban las puertas abiertas como cuando él era pequeño y no había niños correteando en la plaza. No tuvo que recrear aquel mapa que dibujó pacientemente con sus amigos. Le bastó con seguir los pasos de sus recuerdos, una gran cuesta, una ermita, luego un camino de tierra, una mareta y aquella finca que ahora estaba poblada de mala hierba. Alrededor ya no quedaban plataneras y parecía que todas aquellas fincas estaban destinadas a acoger el cemento que se había ido expandiendo por los contornos del pueblo. Aquella ciudad ya no tenía nada que ver con el lugar recoleto y casi bucólico de su infancia. Saltó un muro y empezó a excavar con las manos. Las encontró, cubiertas por el barro y casi irreconocibles por la humedad del tiempo. Las tuvo en sus manos unos minutos y entonces recordó a los amigos y cada una de aquellas vivencias lejanas. Esbozó una sonrisa y las enterró de nuevo por si alguno de los otros también recordaba la promesa. Ese día cumplía cincuenta años.