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Los ciegos

Los dos niños iban de la mano. Uno llevaba al padre y el otro a su madre. Sus padres eran ciegos. Los niños iban camino del colegio. Tenían menos de diez años. Les contaban a los padres todo lo que iban viendo por la calle. Ocupaban siempre toda la acera. Caminaban despacio. Los niños también repasaban en alto algunas mañanas los mapas que tenían que dibujar en el colegio. Los dos dibujaban esos mapas en las palmas de las manos de sus padres con sus pequeños dedos. Los padres recorrían los países y las ciudades siguiendo el rastro de los dibujos de sus hijos pequeños. A veces los engañaban y no hacían más que copiar las formas de las nubes que veían en el cielo. Esos días sus padres viajaban todavía más lejos.

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La cuchara

Está en la otra mesa. Lo miro disimuladamente. Humilla todo el rato a los otros comensales. Nadie le rebate ninguno de sus argumentos. Se muestra arrogante, prepotente y soberbio. Se nota que es el jefe de esos paniaguados o un empresario de cuya inversión depende el futuro de quienes asienten todo el tiempo. Tiene en su mano una cuchara mientras vocifera. Recuerdo las clases de latín y el día en que descubrimos que cuchara venía de cochleare, que significaba caracol en latín. La de aquel hombre era de alpaca brillante, pero no dejaba de ser la misma concha de molusco que utilizaban nuestros ancestros en el Paleolítico. Él podía estar en ese momento en cualquiera de las cuevas. Lo único que había evolucionado era el lenguaje, todos los cambios que se fueron dando hasta llegar a esa bella palabra llamada cuchara. El ser que la tenía en su mano seguía siendo el mismo patán de antaño.

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La complicidad

Un encuentro con amigos del pasado es como un regreso a casa. Pasan las horas entre recuerdos, anécdotas, viejos amores, ausencias, sueños que parecían imposibles que se cumplieran, sueños que quedaron en el camino y sueños que seguirán vivos hasta que nos despidamos de esta tierra en la que seguimos trazando nuestras biografías. Me gustan esos encuentros que no tienen nada que ver con los de antiguos alumnos o ex jugadores de no sé qué equipo al que un día pertenecimos. Éramos amigos para pasar las horas sin las obligaciones de los estudios o de los grupos en los que te ves inmersos sin que tú hayas elegido querer estar en ellos.
Esos amigos nos fuimos eligiendo en la adolescencia, éramos mujeres y hombres que compartíamos aquel despertar de todas las utopías y que no veíamos nada más que el horizonte que teníamos por delante como esos caminos que parece que no acaban en ninguna parte. No todos pasaron la criba del tiempo. Por una cosa o por otra nos fuimos separando, viviendo en ciudades o países diferentes, o haciendo vida a escasos kilómetros sin apenas vernos. Ahora quedamos de vez en cuando y nos reconocemos en esa complicidad de quien no tiene que estar fingiendo nada para que le quieran más, le admiren o se apiaden de su sufrimiento. Con esos amigos y amigas que el tiempo ha salvado de todos los naufragios puedo estar muchas horas riendo y recordando. No hay fingimientos ni dobleces, y de alguna manera celebramos todo el rato que podamos seguir reencontrándonos sanos y salvos en un mundo que se parece poco al que imaginábamos. No nos quejamos. Todos hemos tenido suerte y todos hemos sido golpeados alguna vez por la vida. Brindamos por los que ya no están pero siguen presentes en nuestras vivencias lejanas y recuperamos la viveza y la libertad de cuando solo creíamos en los sueños. Alguna vez nos enseñamos fotos del pasado, pero nunca hablamos de volver a aquellos tiempos. Todo pasado nos parece siempre bello, lo idealizamos y nos idealizamos a nosotros mismos como no éramos. Pero con estos amigos con los que se eternizan las sobremesas a veces no hacen falta ni palabras. Nos conocemos de sobra y nos conocíamos cuando no teníamos absolutamente nada. Nos elegimos entonces y de alguna manera decidimos hermanarnos para siempre. Uno se siente a salvo sabiendo que están en alguna parte. Con ellos compartí la magia de los primeros versos, las primeras amanecidas, los primeros amores y aquellos acordes de guitarra que en algunas madrugadas se confunden con las olas lejanas de la playa. La playa sigue estando siempre que alzo la mirada o que cierro los ojos en cualquier ciudad alejada del océano y del olor a salitre y a sebas. Brindo por los amigos. Por la complicidad que regalan los años. Por la serenidad de sabernos queridos en cualquier tiempo.