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Jazmines

Cada día amo más lo bello y lo espontáneo, lo sencillo, lo que alegra la mirada sin buscar aplausos, vítores o cámaras que inmortalicen lo que es grandioso justamente por ser efímero.

Hace unas semanas, cada vez que recorría la calle Triana me terminaba tropezando a alguien con un ramo de jazmines entre sus manos. El primer día no le di importancia, pero los siguientes ya casi vivía obsesionado por esa aparición extraña de jazmines a distintas horas y en diferentes tramos de la calle. Se lo comenté a unos amigos tomando unas cañas y empezaron con las bromas metafísicas, que si eran señales divinas, que eso era cosa de alguien que me estaba gastando una broma o que a lo mejor iba a ser verdad lo del lenguaje de las flores. Me dijeron que me fuera a un diccionario a buscar el significado de los jazmines y lo único que averigüé es que era una palabra milenaria con un origen persa. Y también que siempre viajó unida a la belleza y que el aroma que desprende es uno de esos milagros de la naturaleza al que el ser humano no logra aproximarse con ninguna de sus fragancias.

Hasta el sábado, cuando ya caminé con más tiempo por Triana, no descubrí el origen de aquel ir y venir de jazmines por la calle. Una señora los llevaba entre sus manos y los ofrecía por un par de euros a los que caminaban por la calle. Esbocé una sonrisa al verla y estuve a punto de telefonear a mis amigos para explicarles que la razón, una vez más, vencía al misticismo y a lo esotérico; pero luego volví sobre mis pasos y compré uno de esos ramos que ofrecía la señora. Lo llevé a mi casa y lo coloqué en el salón en medio de los libros: cuando abres una casa en la que huele a jazmines se activan sobre la marcha todos esos sentidos que se adormecen si no rozamos lo mágico y lo bello de vez en cuando. Dos días después, cuando todo seguía oliendo a jazmines, me llamó una amiga para anunciarme la muerte de una mujer a la que todos quisimos y admiramos. No sabía nada de ella desde hacía por lo menos tres años. Murió poco a poco, sin avisar a nadie, de una de esas enfermedades que cada vez se está llevando a más personas queridas y cercanas. Recordé que en su casa siempre había jazmines en un pequeño florero que tenía justo a la entrada. Respiré hondo en la mía y toda la primavera de su mirada se confundió con la fragancia de aquel ramo de flores que había comprado en Triana.

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Las mariposas y las águilas

Recorren unos doce mil kilómetros y atraviesan dos veces el desierto del Sáhara. No son albatros, ni aviones equipados con la última tecnología. Todo ese recorrido lo llevan realizando desde hace miles de años las mariposas. Ahora sabemos que esa variedad parecida a la monarca se llama Vanessa de los Cardos. Estos días las hemos visto volando por todas partes en la isla de Gran Canaria. El viento, el azar o las propias corrientes que mueven a la belleza las desviaron de su ruta habitual. En cualquier jardín, en un parterre en medio de una vía atestada de coches, en los barrancos, allá donde mires solo ves mariposas de colores, y eso, estando como están los tiempos que aparecen en las pantallas, es un regalo de los dioses, una suerte suprema, un premio ante tanta fealdad y tanto ruido absurdo de sirenas o de soflamas electorales. Cuantos más vuelos de mariposas logres salvar en tu memoria, más veces lograrás salvarte del hastío y del bostezo.

Una mariposa detiene el tiempo en su vuelo, revolotea con sus colores en medio de la nada, como si desafiara la gravedad todo el tiempo, arriba y abajo, veloz, pero al mismo tiempo pausada y serena, hasta posarse en una especie de éter invisible en el que exhibe sus alas y el color rutilante de su  presencia, esa sutil levedad que va dejando una especie de polvo de estrellas por donde pasa. Uno agradece a la vida y a los vientos esta invasión de mariposas ante la que casi todo el mundo pasa de largo pendiente de la pantalla del teléfono o de la luz de los semáforos. Nos hemos olvidado de lo real, que es casi siempre lo poético, y pasamos de largo por donde realmente se eterniza la existencia. Preferimos las otras vidas lejanas, los documentales de otros continentes y hasta la virtualidad que viven quienes se encierran solo para asomarse desde lejos a las cámaras. Solo los niños se detienen siempre ante la presencia de una mariposa, y ya cuando se juntan muchas como estos días también reaccionan algunos buscadores de belleza; pero son pocos, sigue siendo una minoría, como quienes se acercan a ver a un atardecer en Las Canteras o en Agaete. Habrá un día en que hagamos recuento de nuestra vida y descubriremos que casi todo aquello que nos alejaba de los atardeceres valía realmente poco, como vale poco lo que vemos si lo comparamos con el esfuerzo migratorio de esas mariposas que, además, llenan de color nuestros jardines y nuestras calles cada vez con menos flores y menos árboles. Las mariposas llegan en silencio, sutilmente, como si formaran parte de un mundo paralelo que logramos atisbar unos instantes, y así se van, camino del desierto, atravesando nubes que también se pierden silenciosas donde parece que nunca sucede nada, en ese azul en el que alguna vez intuimos que se escribe la eternidad mucho más allá de nuestras existencias.

Este artículo fue publicado el pasado sábado, 9 de noviembre, en el suplemento Pleamar de Canarias 7. Al día siguiente, en lugar de mariposas, reaparecieron (porque siempre estuvieron) las viejas águilas de mirada torva que uno recuerda de un tiempo sin libertades. Pero los ciclos de los humanos los marcamos nosotros, no son como los de la naturaleza: más educación, más cultura y más diálogo. Nos corresponde a todos los que no somos como ellos esa tarea necesaria.

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La lluvia

La lluvia no era noticia. La lluvia mojaba los zapatos y embarraba los campos. Ahora cuando llueve parece como si llegara el gran diluvio o como si nunca hubiéramos visto llover detrás de los cristales, y siempre llueve y llueve, como en aquella Balada de otoño de Serrat, como escucharían llover Alejandro Magno y su palafrenero, como escucharían Atidamana o Abenchara desde las cuevas, o como resonaría un chaparrón en un patio mientras Mozart trazaba símbolos sobre un papel pautado. También imagino a Marcel Proust recostado en una cama, viendo llover en los campos para que esa lluvia mantuviera a salvo el sabor de la magdalena mojada en el té de su infancia.

Ahora miramos los móviles y vemos las posibilidades de lluvia en lugar de mirar al cielo o de perder la vista en el horizonte del océano para comprobar si las nubes están recogiendo el agua como nos enseñaron nuestras abuelas. Y llueve y todos sacan fotos o escriben en las redes sociales preocupados por cómo van a llevar a sus hijos al colegio o por cómo llegarán a sus trabajos, o por cómo caminarán por las calles sin resbalarse cada tres pasos. A medida que nos volvemos tecnológicos vamos perdiendo la capacidad atávica e innata de convivir con la naturaleza y con el paisaje. Recuerdo los días de lluvia en mi infancia, el barro por los caminos, la naturalidad con la que salíamos de casa con el paraguas o con la gabardina sin mirar ninguna aplicación de móvil y sin que nuestros padres andaran de un lado para otro preocupados por una lluvia que entonces casi se celebraba como una bendición de los dioses. Llueve, y lloverá mañana, y el año que viene, y dentro de mil años, y la lluvia nunca hará el ridículo como lo hacemos nosotros a veces cuando la miramos a través de las pantallas. La lluvia sí es una certeza, la vida real, el olor del tiempo en la tierra mojada.