Publicado el

La literatura y la vida en La Palma

Uno se eterniza en la felicidad, en los buenos momentos de la vida, allí donde parece que todo es perfecto, que el mundo está bien hecho, y que hasta el azar se mueve a favor de nuestra corriente. De vez en cuando sucede, y entonces ya te llevas fragmentos de eternidad para cuando vengan los días menos aventureros. Te quedas allí, para siempre, como si aquel otro que fuiste se negara a salir del paraíso. Hace unos días volví a sentir que la vida se eternizaba en La Palma durante la celebración de la segunda edición del Festival Hispanoamericano de Escritores que nos reunió a casi medio centenar de escritores en Los Llanos de Aridane.

Hace un año decíamos que lo vivido era insuperable, hasta que llegó 2019 y activó aún más la alegría, la literatura y la amistad. No hablo por hablar, pueden acceder a las mesas redondas y a las ponencias en Youtube y en la página de Facebook de un Festival que se pudo seguir en tiempo real en todos los puntos del planeta. El éxito tiene mucho que ver con el equilibrio y la sapiencia de su director, Nicolás Melini, pero no se entendería sin el empuje y la generosidad de Juancho Armas Marcelo y sin la mano cálida y anfitriona de Elsa López y de Manolo Cabrera. Tampoco sin el apoyo del ayuntamiento de Los Llanos de Aridane, con la alcaldesa, Noelia García, siempre atenta a cualquier incidencia, y sin el equipo -sin duda una de las razones del salto de calidad del Festival- comandado por la concejala de Cultura, Charo González. Todo es una suma en La Palma. La isla ya es una ventaja, su energía, su saudade, y el interés de unos ciudadanos que abarrotaron casi todos los actos. Es un festival vivo, que se nutre de lectores y de escolares, en donde los escritores dejan los egos según aterrizan y comparten la magia de la literatura, de hablar y de vivir de lo que más nos apasiona, de compartir lo que a lo largo del año vivimos en la soledad de nuestros escritorios. Mexicanos, peruanos, argentinos, venezolanos, colombianos o españoles dejan atrás sus patrias y sus procedencias y se confunden en esa patria común que es el idioma que hablamos quinientos millones de personas en todo el planeta. Esa es la clave, la razón del festival, lo que ya ha convertido a La Palma en un referente literario mundial de las letras hispanas. Y el año que viene aspira a mejorar aún más todavía, con una edición que se dedicará a México y que volverá a congregar en Los Llanos de Aridane a creadores que, por unos días, sentirán que habitan la gloria bendita de un lugar consagrado a las palabras.

Hablas con Fernando Aramburu y te cuenta que él lo que quiere es sacarse una foto delante de la estatua de Félix Francisco Casanova -uno de los homenajeados en el festival-,  te puedes parar a preguntarle a Vargas Llosa cómo escribió Conversación en la Catedral cuando vivía en Londres, y el escritor peruano te aclara que se movía en ómnibus desde Earls Court a Holborn para no perder ni un solo segundo en la recreación de Santiago Zavala cuando se asomaba a la avenida Tacna sin amor. Todos hablamos de Galdós, y Aramburu y Yolanda Arencibia recomendaban la lectura de La desheredada, y Alonso Cueto te contaba detalles de la novela que acaba de ganar el Juan Goytisolo, y Pepe Esteban sentaba cátedra tirando de anecdotario de altos quilates, y Juan Carlos Chirinos -qué sería de este festival sin la carcajada, la energía desbordante y la bonhomía del gran escritor venezolano- recordaba a Chiqui Castellano Suárez -la gran Chiqui la llamaba Chirinos todo el rato- justo donde estuvimos con ella el pasado año compartiendo esa gran fiesta literaria.

Juan Ángel Juristo y Eduardo García Rojas desentrañan las novedades literarias mientras Alicia Llarena y Gioconda Belli conversan como si el tiempo fuera solo una quimera distante, como mismo dialogan los poetas Bruno Mesa y Pedro Flores, perdidos más allá de las metáforas, quizá escuchando de fondo el eco sosegado de Hernán Lara Zavala, Alberto Ruy-Sánchez, David Toscana, Mónica Lavín, Rosa Beltrán y Gonzalo Celorio, los mejicanos que en cualquier momento se ven sorprendidos por el Caribe de Mayra Montero y de Karla Suárez, o escuchas los ecos rioplatenses de Marcelo Luján o de Martín Caparrós, o la cadencia de Héctor Abad Faciolince o de Pedro Cateriano. Y rodeando al maestro José Balza están los hermanos venezolanos con Rodrigo Blanco Calderón y Francisco Javier Pérez a la cabeza, y llega Raúl Tola con su elegancia y su ironía, y Alexis Ravelo toma la guitarra y empieza a desgranar boleros, y en medio de ellos están los palmeros, con el gran Anelio Rodríguez Concepción, con Pedro Ángel Martín, Antonio Jiménez Paz o Ricardo Hernández Bravo, y te tropiezas con la viveza literaria y el interés constante por saber cada día un poco más de Fátima Martín  Rodríguez y de Paula Acuña, y te sientas a escuchar el hablar pausado, los ecos de Sefarad, de Esther Bendaham. Y aparece Emilio González Déniz como un personaje extraviado en esa novela que les vengo contando, a lo mejor siguiendo el humo de un puro palmero de José Luis Correa, o el eco de las voces sabias de Jonathan Allen, de José Manuel Fajardo, de Carme Riera, de Nuria Amat, de Domingo-Luis Hernández o de Manuel Gutiérrez Aragón, o la conversación en japonés de Guadalupe Martín Santana con el traductor Ryukichi Terao y su esposa. Y cuando menos lo esperas te encuentras con la cámara de Vasco Szinetar, o te tropiezas con Ricardo Suárez Acosta mirando los murales en las paredes de las calles junto a Fernando Bellver y Javier de Juan. Y también, sin que se note su presencia, andan por ahí Manolo Concepción y Montaña Pulido, dos pilares esenciales para que este milagro se sostenga. Y no podemos olvidar la vinculación con el Astrofísico y la presencia de Rafael Rebolo, Carmen del Puerto, Paco Sánchez o Casiana Muñoz, entre otros. No he citado a todos, pero es como si estuvieran todos, porque en La Palma se funda cada septiembre una gran hermandad de escritores y escritoras que se niegan a la derrota de la cultura y de la palabra. Y como dije el pasado año yo quisiera volver a esa isla una y mil veces, porque La Palma es la isla del tesoro literario más rutilante y necesario, la que limita con San Borondón y con las utopías. Les invito a que viajen en cualquier momento, pero si pueden reserven para los días del Festival Hispanoamericano de Escritores. La literatura te permite vivir en un tiempo eterno no solo cuando lees, también cuando la recuerdas, o cuando la vives como si todo fuera un argumento que escribimos a medida que vamos viviendo, como un punto y aparte compartido, a veces como un párrafo o un verso, y casi siempre como esa novela que decía Galdós que llevamos todos cuando perseguimos la sombra de nuestros pasos y de nuestra suerte.

Foto de Juancho García

Foto de Juancho García

Publicado el

Las manchas

Reconoció aquella mancha en el espejo. Era casi inapreciable y la pudo ocultar con el pelo. La misma mancha que había condenado a toda su familia hacía dos mil años junto a la ribera del Éufrates. Una espina casi inapreciable a la altura de la sien. Hoy ha salido a la calle y se ha dado cuenta de que miran su frente algunos transeúntes que no conoce de nada. Ella es de las que piensan que no solo los amores se van reencarnando. También los enemigos la acompañan, vida tras vida, para intentar matarla siguiendo los rastros que va dejando el tiempo en su rostro milenario.

Publicado el

Vidas inventadas

Se enteró mucho tiempo después de que ya no frecuentara aquel barrio. Se sentaba cada mañana en un banco de la plaza. Le daba lo mismo el frío del invierno que la canícula del verano. Miraba las palomas y los gorriones y de vez en cuando les traía migas de pan. A veces coincidían desayunando en un café cercano. Aquel joven habló alguna vez con el viejo en inglés. Hablaban sobre las ciudades que el joven soñaba y que el viejo describía con la naturalidad de los viajeros que solo anotan en la memoria los pequeños detalles cotidianos. No se refería nunca a los grandes monumentos, ni a los paisajes que solemos encontrar en las postales. Le contaba cómo era la luz de la mañana en cada una de esas ciudades o cómo cantaban los pájaros que en esos años escuchaba en las plazas de aquel barrio en el que coincidieron sus biografías durante un tiempo.

Aquel hombre era un pintor reconocido y admirado, pero él no lo supo hasta mucho tiempo después, cuando ya no transitaba por aquel barrio y había dejado el piso de estudiantes en el que escribió algunos bosquejos de novelas que, como las vidas de muchas personas que conoció entonces, no llegaron a ninguna parte.

Aquel viejo solo quería pasar desapercibido y buscar el cielo velazqueño con unos ojos azules que parecía que llevaban siempre las brumas invernales de su país. Pintó oscuro, sombrío, muchos dicen que tremendamente triste, lo que veía bello; pero aquel hombre sonreía todo el tiempo con la mirada de los supervivientes. Otros buscan la fama y aparecer en todas partes. El pintor se había encerrado en aquel barrio durante años sin que nadie supiera quién era. Para los que lo veían cada día era un extranjero que vivía pendiente de las palomas y de los pájaros, algo dipsómano, callado, observador, que iba muchas veces cargado de maderas, carpetas y toda clase de objetos que recogía por las calles buscando la belleza donde los otros pasaban de largo o no habían sabido encontrar nada.

Muchos años después, ese joven sigue soñando novelas, y observa a los viejos que llegan a las costas de su isla solo para seguir el vuelo de las gaviotas o para sentarse durante horas mirando hacia el azul interminable del océano Atlántico. Les inventa biografías y los imagina viviendo una existencia como la de aquel otro viejo que, después de muerto, multiplicó todavía más su fama. Jaime Gil de Biedma escribió en el poema Vida Beata la historia de alguien que solo soñaba con un pueblo junto al mar, una casa y poca hacienda en donde vivir “como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia”. De esas ruinas creo que salen también los más bellos cuadros y los más emocionantes poemas. También la sabiduría que lleva a la mirada a seguir el vuelo de las gaviotas o a observar el azul del mar plácidamente cuando ya no hay respuestas.