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El violinista

Acababan de cumplir las bodas de plata. Siempre fue una pareja feliz. Ella acabó Historia del Arte al mismo tiempo que él finalizaba Derecho. Se casaron y tuvieron tres hijos. Uno de ellos ya es idéntico al violinista del cuadro. Ella eligió a su marido porque era exactamente igual que un violinista de un cuadro del siglo XIX que se exhibía en un museo al que iba casi cada día desde adolescente. El día que vio a su futuro marido reconoció al violinista de inmediato, y cuando tuvo su primer hijo le acercó un violín casi antes de que aprendiera a caminar. Hoy es el vivo retrato del cuadro. Lo mira durante horas mientras ensaya. Su marido, a medida que ha ido envejeciendo, ha perdido parte de aquel parecido que le atrajo cuando lo encontró por primera vez en la cafetería de la ciudad universitaria.

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Caramelos

Bajó a comprar caramelos. Los cogía ella misma azarosamente y los metía en una bolsa. El dueño del bazar le preguntaba por el número que había cogido y ella jamás le mentía. Llegaba a su casa y se sentaba en el salón con la tele apagada. Iba abriendo los caramelos y saboreaba el dulzor de cada uno de ellos. Le gustaban especialmente los de toffee. Tenía setenta y ocho años y vivía sola. Le hubiera gustado tener nietos. De niña apenas probó los caramelos. La madre trajo alguna vez caramelos de las hijas de los ingleses. No le preguntó nunca si los robaba. La madre limpió toda su vida la casona de Tafira en la que vivían los ingleses. Los caramelos siempre eran de toffee. Ella los guardaba y los miraba cada noche como quien se asoma a las puertas de un paraíso soñado. Aquellos papeles de colores en los que aparecía el río Támesis o la imagen del Big Ben forman parte de los recuerdos más luminosos de su infancia. Ahora sigue viajando cada tarde a Inglaterra con el sabor de esos caramelos que elige en el bazar. Es un viaje corto porque la nata se derrite rápidamente en la boca, pero hasta que desaparece el regusto dulce ella recuerda a su madre y también rememora aquellos sueños ingleses de su infancia.

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Notre Dame

Montaigne, Victor Hugo, Balzac, Flaubert, Stendhal, Baudelaire o Camus, París, la perfección de quienes trabajaban con una palanca, un cincel y un compás, el sueño de la belleza, todo eso es lo que he sentido siempre en Notre Dame desde la primera vez que la vi, una mañana de primavera de 1991. La imagen del fuego no logra borrar el fulgor de la piedra en la memoria del tiempo.