Chile, ¿por qué tardé tanto en visitarte? Parte 1

2018-06-29-01-30-15.jpgHace días que no escribo, ahora lo hago a bordo de una barcaza que me vi obligada a tomar debido al corte de carreteras por nieve. Entré en Chile el 28 de mayo, y desde el minuto uno me arrepentí de no haberlo hecho antes. Mi viaje se acerca al final, apenas me queda un mes y medio para llegar a España, y lo que empezó siendo un viaje relajado, se ha convertido en una ruta a contrarreloj. Pues hay muchos lugares que quiero visitar antes de mi irreversible retorno a la amada isla que me vio nacer.Si me pongo a rememorar cada momento vivido, cada persona que he conocido y cada anécdota que he tenido en Chile, me inunda un sentimiento de alegría que se hace visible en las lágrimas de emoción que asoman por mis cansados ojos. Llevo, además, varios días sin dormir. Pero oye, sarna con gusto no pica. Para ponerles en contexto, les traigo un artículo, dividido en dos, reflejo de mis vivencias en Chile durante las últimas tres semanas y media. En los próximos días me centraré en mostrarles los maravillosos lugares que he visitado al dedillo.

 

Chile, un país caro
Si me quejé de Costa Rica en su momento por ser un país caro para mochilear, Chile no se queda atrás. La cesta de la compra es incluso mayor a la española, y el salario mínimo menor con diferencia. ¿Cómo lo hacen para sobrevivir?, es la pregunta que me hago una y otra vez. El salario mínimo es de 280.000 pesos chilenos después de deducir los impuestos, apenas llega a los 300 euros. A mis continuas preguntas a los locales, todos coinciden en contestarme que salen del apuro con más trabajo.
Quién no tiene un salario cómodo, lo complementa con un segundo trabajo, o un negocio familiar. Aunque la mayoría tira de préstamos bancarios que se dan a diestro y siniestro. Los chilenos son trabajadores por naturaleza, lo dicen, lo reconocen y se sienten orgullosos de ello. A simple vista no se ve pobreza en sus calles. Hacen malabares con el dinero, y muchos ahorran bastante en temporada alta para andar más holgados en temporada baja. Lo que resulta raro y curioso a la vez es que son personas capaces de dar aquello que no tienen con tal de ayudarte.
En este caso de ayudarme, a mí que soy extranjera, mochilera en la recta final de su viaje, y que se adentra en un país por encima de sus posibilidades. Mi amiga Ana, mi hermana y yo llegamos a Chile con muchas ganas e ilusión. Ahogadas éstas en varias ocasiones por el elevado precio de todo. Nuestra primera parada fue San Pedro de Atacama, en el norte. Un desierto cuya vida se desarrolla en torno a la explotación de los innumerables atractivos turísticos tales como lagunas altiplánicas, géiseres, parques nacionales, valles de paisajes impactantes, miradores, ruinas…
Quisimos pasar una semana, pero era tan caro que solamente alcanzamos a alquilar una bicicleta para visitar el Valle de la Luna. Una ruta emocionante que tuvo de todo, desde pérdidas en el camino, hasta tener que cruzar un río con la bicicleta a cuestas, y presenciar la salida de la Luna más impresionante que he visto nunca. Pero como les dije, ya entraré en detalles más adelante.

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Los chilenos y su desmesurable amabilidad
Tras ver los elevados precios del país y del transporte, salimos a la carretera al tercer día de estar en Atacama y alzamos el dedo, como si fuéramos romanas dando el “sí” a la lucha con el destino que se nos avecinaba. Lo que no sabíamos es que la suerte iba a estar tanto de nuestra parte que íbamos a vivir las mejores experiencias, conocer a personas excepcionales y a coleccionar anécdotas inolvidables. De esas que puedes contar una y otra vez y seguir riéndote como la primera vez.
En Chile es muy común hacer autostop. Lo que no es común es hacerlo en pleno invierno. Aunque es una práctica que es aceptada y extendida en el país, los camioneros son los encargados, en su mayoría, de recoger a viajeros de todo el mundo y hacerles vivir cosas que jamás olvidarán.

2018-06-29-01-05-59.jpgTeníamos un voluntariado en el valle de Mantagua. Una semana en unas cabañas con un huerto ecológico. El tiempo perfecto para descansar y coger fuerzas para nuestra gran hazaña: visitar la Patagonia en invierno. Habíamos comprado unos billetes muy baratos de avión por 17.000 pesos chilenos en el ciberday. El ciberday es como el black Friday, para que se hagan una idea. La ruta Santiago de Chile – Punta Arenas, al sur del país. Tres horas de vuelo, 3.000 kilómetros y dos semanas para llegar a Santiago por tierra. Toda una hazaña con el agravante de hacerlo en invierno.
Tardamos tres días en llegar desde Atacama hasta Mantagua, cerca de Valparaíso. El trayecto lo hicimos a bordo de distintos camiones. Cristian fue el primero que nos recogió a 5 minutos de empezar a hacer dedo. Nos llevó hasta Antofagasta donde nos alojamos con Alejandro a través de Couchsurfing. Una plataforma que conecta personas que ofrecen una cama en su domicilio de forma gratuita, con viajeros sin recursos que buscan un lugar calentito donde pasar la noche.
Al día siguiente, bien temprano, salimos a la carretera y en menos de 10 minutos estábamos subiendo al camión de Jorge. Nos esperaban 13 horas de camino hasta La Serena, aunque teníamos la esperanza de hacer los 900 kilómetros en menos tiempo. ¿Qué probabilidades había de que el primer camión que nos parase fuera a hacer exactamente la misma ruta que nosotras? Nos habíamos hecho a la idea de que seguramente tendríamos que ir haciendo paradas, pero por suerte apareció Jorge.
El camino fue bastante distendido, intercambiamos numerosas anécdotas y un peculiar almuerzo. De repente paramos en un pequeño pueblo costero. El día se tornaba frío, nublado y con viento. “¿Quién cocina hoy?”, dijo Jorge entre risas. Compró pasta y salsa y nos subimos de nuevo al camión desconcertadas. No entendíamos a qué se refería hasta que kilómetros más adelante paró en un descampado. Nos bajamos y Jorge abrió un cajón situado en un costado del trailer.
¡Una cocinilla! Nosotras sacamos nuestros tomates que íbamos a usar para hacernos un bocadillo de tomate, y en un momento tuvimos un almuerzo al puro estilo camionero. Por si fuera poco, en la noche nos invitó a un tentempié en un bar de carretera y nos llevó hasta la casa del couchsurfing que teníamos en La Serena cerca de las 12 de la noche. Sin duda nos cuidó como a sus hijas.

2018-06-29-00-57-59.jpgEl siguiente día fue igual de entretenido, aunque con anécdotas que rozan el surrealismo. La salida de La Serena no fue tan fácil como las anteriores. Sin embargo soy de las que piensa que todo pasa por algo y por alguna razón los astros quisieron que esperásemos un poco más. Cristian nos recogió. Fue bastante divertido presenciar sus conversaciones por radio con otros compañeros camioneros, al igual que escuchar sus historias. Llegó la hora de comer y había quedado con unos amigos en una picá, así se llama a los restaurantes de camioneros en medio de las rutas.

2018-06-29-00-58-45.jpg“¿Qué van a comer bocadillo de tortilla?”, se preguntaron asombrados. “Venga que las invitamos a comer. No hay discusión. Entren”. Yo no veía ningún problema a nuestros bocadillos de tortilla que habíamos preparado con mucho amor. Pero ante tanta insistencia, aceptamos gustosas la invitación de comer con tres camioneros y compartir con ellos su jornada de trabajo. A ellos les ayudamos a amenizarles sus repetitivas rutas, todos ganamos, aunque realmente a nosotras nos dan la vida entera.
2018-06-29-01-00-43.jpgCristian se dirigía hacia Santiago. La idea era dejarnos en un cruce de caminos en el que pudiéramos hacer dedo hasta nuestro destino hasta que… “¿a dónde vas?, ¿a Concón? Aquí tengo a tres españolas que se van para allá, te las paso”, le escuchamos hablar por radio.
En un momento nos vimos en el arcén de una carretera haciendo un cambio de camión.
Cristian se había encargado de buscarnos por radio otro vehículo que nos llevase. No podía creerme toda la suerte que estábamos teniendo. Carlos fue el encargado de alcanzarnos hasta Mantagua, a 8 kilómetros antes de Concón. Encima nos paró en un lugar local en el que compró unos deliciosos dulces de merengue y manjar blanco para que los probáramos y nos los llevásemos. Exquisitos.
Por fin, llegamos a Hibiscus, a las cabañas que serían nuestro hogar durante una semana. Sin duda, nuestros primeros pasos en Chile estaban siendo una maravilla, nada que ver a lo vivido en Perú. En Hibiscus ayudamos con la madera, el nuevo gallinero y con un huerto ecológico. Un lugar con un encanto especial en el que nos hicieron sentir como en casa y en el que compartimos días con personas maravillosas. A todos gracias. Se aventuraba nuestro viaje a la Patagonia. Pero eso se los contaré en la siguiente entrega de este relato.

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