Mi experiencia en la familia Papacho

_20180421_192650.JPGLlegué a Baños de Agua Santa en Ecuador con ilusión y ganas de emprender una nueva aventura, pero sin querer, y casi sin darme cuenta, formé una gran familia de la que me da mucha pena despedirme. Hoy les traigo una entrada sobre mi experiencia en el hostal Papacho’s de Baños.Llegué un martes por la noche al pueblo de Baños de Agua Santa. La noche se tornaba fría y el camino difuso hasta llegar a nuestro siguiente destino: el hostal Papacho’s. La verdad que estaba bastante cansada del viaje, pues antes de llegar al pueblo hice un recorrido para visitar la Laguna del Quilotoa. El enclave precioso en medio la cordillera andina ecuatoriana me enamoró por completo, mereció la pena el viaje. Una jornada de unas 10 horas que incluyó tedioso transporte en guagua por las montañas, un pequeño trekking por la laguna, y vuelta a dos guaguas más hasta llegar a Baños.
No tenía ganas de ser social, y llegar de entrada así a un sitio desmotiva un poco, solo pensaba en comer y dormir. Aunque esta situación cambió cuando nos recibió Harry, un voluntario de Inglaterra que estaba haciendo su primer turno de trabajo en el hostal. Entre risas, y muy amable, nos explicó a grandes rasgos todo lo que teníamos que saber. Roberto, el anfitrión, nos lo detallaría todo al día siguiente. Después de conocer las instalaciones, y a Rebeca y Nahuel, los otros voluntarios de Australia y Argentina respectivamente, cenamos y a la cama.
Todos dormíamos en la misma habitación en literas. A mi me tocó la cama de arriba de una de ellas, que cada vez que subía o me movía hacía un ruido más que molesto. Pero el colchón era tan cómodo que antes de que mi cabeza hiciese completo contacto con la almohada, ya estaba prácticamente dormida. Katy y Sonia completaban el equipo de trabajo del hostal con el que congeniamos de maravilla.
Al día siguiente nos recibió Roberto y nos contó los grandes valores que posee el Papacho’s para estar en la cúspide de los hostales de Baños. Unas cuidadas y buenas instalaciones perfectamente decoradas, el excelente y cariñoso trato al huésped haciéndolo sentir en casa, y un suculento desayuno que sería preparado por alguno de los voluntarios, son los aspectos fundamentales que hacen destacar al hostal por encima del resto de alojamientos de la zona.
El trabajo era bastante sencillo. Cada uno hacía un turno diario de cuatro horas en recepción y una o dos veces a la semana preparar el desayuno. Éste realmente era el turno que nadie quería. Café, té, fruta que debías cortar y servir, pan que debías tostar, y un revuelto de huevos era el menú que se ofrecía. Lo estresante era cada vez que venía un grupo grande de personas a pedir el desayuno a la vez. En más de una ocasión nos vimos cortando más fruta, poniendo más huevos en la sartén (que se pegaba) a la vez, el pan quemado porque se pasaba… Un desastre.
Y ahí es donde la familia hizo acto de presencia. Sin darnos cuenta, y como una rutina sin haberlo hablado previamente, siempre solíamos ayudar al que le tocase en cocina cada día. Sobre todo al finalizar la jornada de la comida más importante del día, pues tocaba recoger todo, limpiar, y hacer el inventario. Pero bueno, después de lo cansado del turno tenías el resto del día libre para disfrutar de las maravillas de Baños.
El turno en recepción no era tan movido, aunque había momentos que se juntaban varias salidas y entradas a la vez, hecho que siempre se solventaba con la ayuda de alguien que estaba cerca. Al principio el sistema informático era un poco difícil de manejar pero después de unos días parecía que había estado en el mundillo de la recepción desde hacía tiempo. Íbamos a quedarnos tan solo 10 días, pero Roberto nos pidió que nos quedásemos algo más porque salía de viaje. Entre lo bien que estábamos y que los turnos extras nos lo pagaban, nos salió redonda la jugada.
De resto, el tiempo era libre para poder disfrutar de las maravillas de Baños. Desde sus espectaculares cascadas, hasta las numerosas rutas de senderismo que conectaban atractivos cercanos por medio de una red de caminos con vistas de escándalo. Todo ello combinado con una convivencia respetuosa y divertida que hacía nuestros días más amenos. Nunca olvidaré las horas en la cocina preparando deliciosos platos con una variedad culinaria y cultural muy grande, ni las tortas y comidas que nos preparaba Sonia, nuestra mamá en el hostal.
Finalmente tuvimos que decir adiós al que se convirtió nuestro hogar durante varias semanas. Las grandes comidas que cocinábamos juntos, y la buena relación que había entre todos, hicieron de ese tiempo de los mejores que hemos tenido en el viaje por Ecuador. Sin duda el viaje lo hacen aquellas personas que te encuentras por el camino. A todos gracias. En la siguiente entrada les contaré cómo nos la ingeniamos para conseguir alimentos frescos de forma gratuita, una opción que para los viajeros sin presupuesto como yo es bastante buena.

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