¿Dónde diablos se ha metido Superman?

Cuando empecé a conocer a los superhéroes de ficción, fuera en los cómics con solera, en novelas de serie o en el cine, pensaba de buena fe que los villanos que aparecían en aquellos universos eran seres imposibles (también me pasó con las historias de las mitologías clásicas). Eran personajes hiperbólicamente malvados, hasta el punto de ponerse ellos mismos en riesgo de morir por su enfermiza obsesión de adueñarse de una ciudad, un país o incluso todo el planeta, para así obtener un poder absoluto que pondría a sus habitantes de rodillas a sus pies. Si no lo lograban, siempre disponían de un arma o un mecanismo que generaría un apocalipsis brutal en el que perecerían todos, incluyendo al pérfido ejecutor de la maldad suprema, repitiendo la frase de Sansón antes de su propia inmolación (Libro de Los Jueces 16:30)  “¡Muera yo con todos los filisteos!” Solo que en este caso Sansón funcionaba como el bueno de la película.

Aunque mucha era la malignidad y más la depravación del Joker, Goldfinger, el doctor Octopus, Ming el Despiadado o Lex Luthor, siempre se conseguía impedir el desastre por medio del arrojo, la inteligencia y la tecnología superior de Batman o James Bond, o los superpoderes de Batman, Flash Gordon, Spiderman y, sobre todos, Supermán. Estas capacidades sobrehumanas se obtuvieron de maneras tan inverosímiles que empiezo a pensar que son posibles, porque lo que siempre tuve por ficción está volviéndose aterrador presente. Y no debiera sorprenderme después de haber leído muchas veces la Historia universal de la infamia, en la que, forzando los datos y creando otras realidades, Borges nos pone sobre aviso sobre las infinitas posibilidades y grados de vileza del género humano.

Poco a poco, además del propio Borges, otras plumas de renombre me acercaron a ficciones que eran verosímiles porque funcionaban como espejos de la realidad. Historias como El Cuaderno dorado, de Doris Lessing,  Cónsul honorario, de Graham Greene y lecturas de obras literarias perseguidas en el país que abren en canal me alertaron de que no solo es posible la existencia de personas reales con la maldad de Lex Luthor, sino que sería probable que este se pusieran de acuerdo con los muchos Goldfingers y Jokers siniestros y desalmados que nos rodean, con un poder enorme para perpetrar iniquidades a gran escala.

Ahora creemos tener más información por la velocidad a la que circulan los datos por los canales que ayer imaginábamos ciencia-ficción y que hoy manejamos, pero rapidez y fiabilidad no tienen por qué ir juntas. Incluso diría que ahora es más fácil desinformar. Durante la Guerra Fría, con noticias supuestamente veraces que nos llegaban, creíamos saber con claridad cegadora de qué lado estaba cada uno de estos bellacos, Somoza nunca estaría con Kruchev, Fidel Castro siempre se colocaría frente a Estados Unidos, Pakistán le pondría una vela a Dios y otra al Diablo y Francia era la cima de la lucha por la libertad, porque todavía Patrick Modiano no había publicado (o se le leía poco en España) la trilogía narrativa en la que le quitó la venda de los ojos a Francia y al mundo. Ahora es más complicado, se cruzan las tramas, se superponen varias guerras: la económica, la religiosa, la geopolítica, la ideológica, la militar o la cibernética; cada participante se apunta donde mejor le conviene, y en algunas guerras se alían con los que se enfrentan en otras. Lo privado se ha envalentonado y hay empresas como Google o Amazon que ya planean emitir moneda propia, con lo que los gobiernos perderán el control de un sistema en el que el capitalismo es el juego básico hasta para quienes dicen combatirlo. Ya no sabemos quién es quién. La pregunta es: ¿lo saben ellos?

La literatura a veces tiene elementos proféticos, porque el mencionado Borges inventa a un Billy El Niño rubio anglosajón, cuya obsesión es la de matar mexicanos, y ya hemos visto cómo la vida imitó al arte en el reciente atentado de El Paso, en el que un supremacista blanco asesinó a personas que le parecieron latinas, aunque los comunicados oficiales dicen que  disparó indiscriminadamente. Y es que también hay  una séptima guerra que se libra por el control de los medios de comunicación. Ya hemos visto que los temores de Borges, Mary Shelley, Verne, Huxley, H.G. Wells, Stanislaw Lem, Orwell, Margaret Atwood o Bradbury se han hecho realidad o están muy cerca de serlo.  Después de leer algunas novelas escritas por gente que conozco, a los que se les ha desbocado la imaginación (Anturios en el salón, Entrelazamientos, Los que sueñan), ambientadas en un mundo supuestamente de ficción futurista o en claves de otra dimensión, siento que algunas cosas que inventan casi pueden tocarse hoy con las manos. Aterrado estoy por cuál va a ser la teoría de la próxima novela de Elio Quiroga, porque empiezo a pensar que esas maquinaciones que creía de cómics están haciéndose realidad palpable e inmediata, y que las musas visitan a estas mentes creativas para que les sirvan de mensajeras sin que sean conscientes de ello. O siéndolo.

Y lo peor es que no veo a Supermán por ninguna parte. Ni siquiera está el coche en su plaza de aparcamiento. Si no se ha ido de vacaciones puede que él y los otros superhéroes hayan sido secuestrados, extorsionados (asesinados no, porque matarlos es muy laborioso) o, peor aún, se hayan unido a Lex Luthor, el Joker y Goldfinger. Teniendo en cuenta los tiempos que corren, tal vez haya que encomendarse a Catwoman, Lara Croft, Supergirl o Thena, si es que todavía no han recorrido el mismo camino que los machitos invencibles. Todo puede ser. O sea, que no esperemos ayudas milagrosas, tendremos que arreglárnoslas solos, pero también observo que nadie mueve un dedo mientras todo se va por el sumidero.

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