Anomia y anemia

Hace unas semanas, alguien sacó del armario del desuso la palabra anomia, que define un momento social que por desgracia se produce con más frecuencia de la deseada (lo deseable es que no se produzca nunca) y que, según la RAE, es el conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación. También se entiende por anomia la ausencia de una ley que sirva para regir a una comunidad, o al desprecio de las que existen. Y me sorprendió porque pensaba que esta palabra había desaparecido hasta de los diccionarios (la RAE retira a veces palabras que considera fuera de circulación), pues tuvo la cima de su gloria hace dos siglos y medio, cuando se reunieron los últimos Estados Generales convocados por el rey Luis XVI en mayo de 1789, en el que el desacuerdo con lo establecido por el Antiguo Régimen fue el detonante de la Revolución Francesa, que se inició dos meses después, tras una larga gestación de torpezas y atrincheramientos de los privilegiados.

Entonces se usaba la palabra anomia para expresar la invalidez de las leyes anteriores, que aunque existían no fueron respetadas, lo que nos lleva a la acepción que significa ausencia de ley. Luego ha habido en muchos lugares momentos en los que pudo usarse la palabra en espacios de cambio o revolución, pero ha permanecido dormida en el diccionario y no se han ocupado de ella ni para proponer su supresión. Un momento político en el que pudo estar todos los días en muchas bocas y plumas fue la Transición española, tres años en los que seguían vigentes las leyes del régimen franquista pero se negociaba una nueva constitución, que fue aprobada en 1978. En ese período, había una especie de limbo en algunos aspectos (sobre todo políticos) pues los dirigentes no se atrevían a aplicar algunas leyes de la dictadura pero aún no existían otras que pudieran ser llamadas democráticas. Es decir, había un claro estado de anomia, porque se esperaba al alumbramiento de un nuevo sistema político equiparable a las democracias occidentales. Pues ni siquiera entonces apareció la palabra, o al menos no lo suficiente, y si alguien la usó se esfumó cuando al día siguiente tiraron a la basura el periódico donde aparecía. Yo no la vi, y en estos días he preguntado a personas muy expertas en materia de léxico y que vivieron en primera fila la intensidad periodística y política de aquellos años, y tampoco recuerdan haberla usado o siquiera leído o escuchado.

Pero la palabra ha vuelto a asomar la patita; es verdad que desde que la vi escrita en una entrevista (hará un mes), tampoco ha vuelto a reaparecer, y me sorprende porque lo que estamos viviendo en España y en muchos lugares del mundo se ajusta perfectamente a la semántica de una sola palabra, que en sus seis letras es capaz de contener todo el rosario de conceptos que retratan perfectamente muchas situaciones, tanto en España como en otros países, algunos cuyo devenir nos afecta. Para no acercarnos demasiado (lo de aquí se entiende enseguida) pondré como ejemplo lo que ocurre en el Reino Unido, donde, desde la revolución en la que Cromwell le cortó la cabeza al rey Carlos I, el Parlamento es la máxima expresión de la soberanía. Pues bien, en un país en el que nadie ha osado desafiar las decisiones del Parlamento desde 1660 (tres siglos y medio), el primer ministro Boris Johnson toma decisiones arbitrarias e incumple mandatos parlamentarios, como el de pedir a Bruselas una prórroga del Brexit más allá del 31 de octubre. Ni Pitt, ni Gladstone ni Churchill se atrevieron a tanto, porque aceptaban las reglas, y en ese juego la voz del Parlamento no admite desobediencia (eso fue lo que le costó la cabeza al rey inglés). Johnson pasa por encima de todo, y eso ocurre porque la anomia hace que se admitan cambios a mitad del juego, pues nadie está seguro de quién es el dueño de la pelota.

El efecto anomia también está en la vida cotidiana. Lo vemos cada día cuando alguien dice que está contando “su” verdad, y nos intenta dar gato por liebre. Lo más grave no es que se funden en una mentira para proceder de una manera determinada, sino que creen firmemente en ella, y las redes sociales también ayudan a que cada cual tenga su mapa mental en política, en costumbres o en lo que sea (un ejemplo claro es el terraplanismo), y eso estaría bien porque es bueno que las personas piensen y tenga sus propias opiniones (con cierto fundamento, por supuesto), lo que no puede ser es que no solo no estén dispuestas a confrontarlas con las de los demás, sino que descalifiquen, insulten y calumnien si hace falta. Y no pasa nada, porque la sociedad empieza a estar acostumbrada a sobrevivir sobre un lecho de disparates e incongruencias, porque, puestos a quitar palabras del diccionario, la RAE podría suprimir términos como coherencia, acuerdo, diálogo, negociación o pacto. Las palabras sirven para nombrar conceptos conectados con la realidad; si estos no existen o no funcionan, sobran las palabras que los definen.

En España, para unos, la Constitución de 1978 ha envejecido y ha de ser actualizada, pero hay otros que dicen que es un fraude y actúan como si no existiera. Una de las respuestas ante un sistema que se considera injusto es tratar de cambiar las reglas del juego, pero nada se hace al respecto más allá de llenar las redes sociales de teorías incendiarias desde un móvil de última generación, y hasta quienes se oponen a un sistema que califican de corrupto se valen de él para alcanzar escaños, canonjías y subvenciones electorales. Es decir, se grita la palabra democracia para definir una doctrina política particular, según la cual todos han de jugar con las reglas improvisadas de una minoría. Y, claro, son demasiados reglamentos “creativos” no consesuados. Ni siquiera los opositores tienen entre ellos acuerdo en qué hay que cambiar y cómo. Es exactamente la situación que define la palabra anomia, en la que también entran tanto los discursos independentistas catalanes que pasan por encima de la Constitución, el Estatuto y los tribunales (a los que también se acogen cuando les interesa) como las fanáticas y demagógicas consignas de algunos partidos estatales y su voceros mediáticos, que no dudan en afirmar sin ruborizarse supuestas acciones necesarias en sus fantasías ultranacionalistas por la unidad de España, que no tienen soporte en ley alguna emanada de la Constitución de 1978. También improvisan reglas por su cuenta. Es decir, todos viven en la anomia política, y sus palabras suenan como las del pionero de los westerns, que se cuelga una estrella de sheriff, dice “yo soy la ley” y ni siquiera sabe leer. Por lo que se ve, no solo hay anomia, también hay anemia política.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



El contenido de los comentarios a los blogs también es responsabilidad de la persona que los envía. Por todo ello, no podemos garantizar de ninguna manera la exactitud o verosimilitud de los mensajes enviados.

En los comentarios a los blogs no se permite el envío de mensajes de contenido sexista, racista, o que impliquen cualquier otro tipo de discriminación. Tampoco se permitirán mensajes difamatorios, ofensivos, ya sea en palabra o forma, que afecten a la vida privada de otras personas, que supongan amenazas, o cuyos contenidos impliquen la violación de cualquier ley española. Esto incluye los mensajes con contenidos protegidos por derechos de autor, a no ser que la persona que envía el mensaje sea la propietaria de dichos derechos.