La filosofía del Groucho Marx


El análisis de la actual situación política en España podría hacerla un cronista deportivo, de fútbol a ser posible, y le cabría la explicación de que, como le ocurre a determinados equipos, no juega a nada, aunque a veces gane algunos partidos. El cronista diría que no hay intencionalidad de jugar al “catenaccio” italiano, al ataque inmisericorde como el Real Madrid clásico, al fútbol de un tren de mercancías como Alemania, o a la filigrana preciosista de la leyenda brasileña. Es decir, se le da a la bola según llega y luego esta puede irse fuera o ser gol, incluso en propia puerta (por supuesto, la culpa es del árbitro, del mal estado del campo o del faraón Tutankamon, nunca propia). Si esto siempre fue así, ahora es peor, porque se acabaron los amaños y se han derrumbado los prestigios, que sabemos que se mantenían por el silencio de los medios de comunicación, porque trapisondas siempre las hubo.

gibraltar.jpgEstá cada vez más claro que no es lo mismo saber que certificar. Me hace gracia que se rasguen las vestiduras cuando se hace pública una corruptela. Es de risa, porque siempre se han sabido esas cosas, pero no se publicaban y habitualmente no tenían consecuencias jurídicas o políticas. A los diez minutos de bajarte del avión en Barajas, alguien te había contado el desvío de un trazado ferroviario para que revalorizaran terrenos de la familia de un alto cargo, el nombre de la nueva amante de alguien innombrable por poderoso o cualquier otro asunto que nunca se reflejaba en las informaciones; eran secretos a voces pero nadie le ponía el cascabel al gato, entre otras cosas porque las distintas burbujas beneficiaron a mucha gente; se callaban como el Lazarillo de Tormes cuando cogía uvas a mansalva del racimo que compartía con el ciego, hasta que este se dio cuenta y le soltó una bofetada como la que nos ha caído encima en los últimos diez años.
Antes, las noticias verdaderamente fuertes iban de boca en boca, ahora se publican y queda muy feo que, ante tales novedades, los fiscales miren para otro lado. En los años del silencio mediático, de vez en cuando surgía algún escándalo, que supongo dejaban circular para que funcionara como la válvula de una olla a presión, y a menudo eran ajustes de cuentas entre poderes y poderosos; como dice Woody Allen sobre la Mafia, no eran peligrosos porque solo se mataban entre ellos. Pero cuando se acaba el pastel, nadie conoce a nadie, y es por eso que ahora surgen los conflictos que durante décadas estaban acallados, el Lazarillo veía que el ciego cogía las uvas de dos en dos, y no protestaba porque él las arrancaba de tres en tres. El problema es que no hay racimos infinitos.
En la confusión, crece la demagogia, que la RAE define como degeneración democrática. Lo hemos visto con Gibraltar; el gobierno socialista ha tenido que luchar contra unos renglones del Brexit que supuestamente perjudicaban a España. Vende el cambio de redacción como un éxito histórico (demasiadas esdrújulas), mientras Casado habla de gran fracaso (también histórico), pero no dice que, durante el año y medio de negociación (y gobernando), el PP había dado por bueno el texto (o Dastis y Rajoy no se habían enterado), y ahora resulta que la culpa es de lo mal que lo ha hecho Sánchez. Así pasa con todo, porque lo de Gibraltar es un imposible histórico (esta vez de verdad) que dura ya más de tres siglos. Casado dice que la rectificación carece de valor jurídico, y de ello tendríamos que deducir que todo el documento del Brexit no se ajusta a Derecho, porque la nueva redacción forma parte de él. La situación es inamovible, da igual lo que ponga el texto, que lo escriban en letras de oro o que quemen el papel.

IMG_20181122_130318hhh.jpgPero ha sido solo un espectáculo para que los gobiernos de Madrid y Londres y la Comisión Europea saquen pecho sobre “lo bien que negocian”. El Reino Unido es una de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial, brazo armado de Estados Unidos en Europa, y ni en sueños va a soltar Gibraltar ni siquiera con la entelequia de la soberanía compartida. Lo de paraíso fiscal es una menudencia sobrevenida que empezó no hace mucho tiempo y tal como apareció puede desvanecerse. La verdadera importancia de Gibraltar es su valor estratégico militar. Si en la improbabilísima hipótesis de que, en un ataque de flaqueza, a los gobernantes ingleses se les ocurriera aflojar su política gibraltareña con España, El Tío Sam se encargará de darles un codazo de advertencia, porque El Peñón es la llave de la puerta occidental del Mediterráneo, que controla la posible salida al Atlántico de la flota rusa del Mar Negro (y más ahora con la nueva crisis de Crimea), que siempre fue una obsesión zarista y soviética, y ahora quita el sueño a Putin. Así que, todo lo que se hable de Gibraltar es patrioterismo barato, bisutería política, porque los hechos son los que son. Ha habido una semana de entretenimiento mediático y asunto cerrado. Y es que he visto parvularios con más adultez que la de nuestra clase política.
Volviendo al símil del locutor deportivo, los equipos que no juegan a nada no llegan a nada. En mi opinión, sabiendo que Gibraltar es también una roca política y militar inexpugnable y eternamente en manos británicas, lo más inteligente habría sido pasar de puntillas sobre el renglón de la discordia, porque lo que iba a producirse inexorablemente era que quedara en evidencia el leve peso de España en la escena internacional. Como dijo Groucho Marx, es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.
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(Este artículo fue publicado en la edición digital de Canarias7 del día 27 de noviembre).

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